Alcestis. Vivir para pagar

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El duelo y la rabia necesitan un marco, un espacio donde actuar su drama sin que tú o tus seres queridos tengáis que morir por ello.
Anne Carson

La mañana en que iba a morir por su marido, Alcestis se bañó con agua del río, sacó de los arcones de cedro su mejor vestido y recorrió la casa altar por altar, dejando en cada uno una rama de mirto y una oración por unos hijos que ya no vería crecer. En todo el recorrido nadie le vio una lágrima. Solo lloró al llegar al lecho donde se había casado. Sugerir que murió también para poder irse suena a calumnia contra una santa, y quizá por eso el mito lleva veinticinco siglos rodeado de un silencio respetuoso. Hay algo de proscrito en señalar los placeres que tal vez esconden los delitos menores de las buenas virtudes.

Los hechos se cuentan pronto. Apolo había guardado los rebaños de Admeto durante un año, por castigo de Zeus, y conservaba de aquel amo un recuerdo agradecido. Emborrachó a las Moiras y les arrancó una concesión extraña: Admeto no moriría si alguien aceptaba morir en su lugar. Nadie quiso. El padre, un anciano al que le quedaba poca vida que perder, se negó y lo explicó sin vergüenza. Le gustaba vivir, y la luz que aún veían sus ojos no le parecía menos dulce por haberla visto tantos años. Alcestis, en cambio, aceptó. Antes de morir dejó la casa en orden y le presentó al marido su cuenta, que era breve: a cambio de su vida, le pidió que no volviera a casarse, para que ninguna madrastra maltratara a los niños. Admeto lloró, conmovido por la brutal pureza de la oferta y por un rayo de luz que en ese momento partía la estancia en diagonal y le rebotaba en la glauca mirada. Entonces prometió dos cosas. Que durante doce lunas no sonarían en la ciudad ni la flauta ni la lira. Y otra, más íntima y más rara: encargaría a los escultores una imagen de ella, la tendería en su lecho y la abrazaría por las noches llamándola por su nombre —las idealizaciones tienen a veces fórmulas extrañas—. En el arrebato de la pena, Admeto no pareció advertir que lo que encargaba era una esposa que ya no podría decirle nada. Solo su padre, en una escena que los comentaristas suelen encontrar incómoda, se atrevió a llamarlo cobarde. Feres, que al menos dice lo que quiere, sale de escena con la reputación arruinada, y veinticinco siglos de lectores no han hecho gran cosa por rehabilitarlo.

Ya nadie muere por amor, decía Lassa de Sela en su canción «La Desdeñosa». Lo que reverbera del mito en estos tiempos es una versión menor y doméstica, sin dioses ni Moiras, que se paga a plazos. Clara, la mujer de este mito actual, vive con su madre, la lleva al médico y le prepara las pastillas. Trabaja muchas horas. En su grupo de amigas es la que siempre se acuerda de los cumpleaños y acaba reservando la mesa, aunque a ella casi nadie la llame. Cuando empezó a venir a consulta lo contaba sin orgullo, como quien habla de algo menor, común. A las ocho y media de la tarde, como en la obra de Marta Pazos, «cando morren as nais», Clara se come un yogur de pie, con la puerta de la nevera abierta y esa luz en la cara. Ha dejado una nota junto al vaso de agua de su madre, con su letra pequeña y obediente. La pastilla está en el plato pequeño. Se sienta en el borde del sofá y a los pocos segundos se levanta. No aguanta sentada, dice que siempre fue muy activa. Bebe agua sin sed, apoya las manos en la encimera y espera a que se le pase.

Lo que se le tiene que pasar, piensa el corifeo, es el deseo. Durante el día no le queda sitio, porque la madre y el trabajo lo ocupan todo. Por la noche, cuando nadie pide nada, aparece, torpe como un animal que no conoce la casa, y Clara no sabe qué hacer con él. Una amiga le escribe para quedar el sábado. En menos de un minuto contesta que está liada. No lo está. El sábado todavía no ha llegado y ella ya lo ha dado por perdido.

En consulta habla de responsabilidad y de costumbre. Dice que ella es así. La palabra sacrificio le parece exagerada, de estampita de sacristía, y en eso tiene razón, pues lo suyo se parece más a una deuda antigua y sin fecha. En una libreta lleva los recados de todos y tacha cada uno con una línea tan fina que lo tachado se sigue leyendo. Paga todos los días una cantidad pequeña, sin saber a quién ni por qué, y la deuda, como las de los usureros de las novelas, no baja nunca.

La forma más corriente de leer estas escenas en la actualidad, un tanto esquizoparanoide, nos llevaría a pensar que alguien le impuso esa deuda y que Clara se limita a pagarla. Algo de eso habrá, quizá, pero la deuda también es obra suya, y la administra con un celo que tiene poco de obediencia. Ser imprescindible tiene sus placeres; quien lo sostiene todo no depende de nadie y, de paso, nunca tiene que oír un no. Entre los recados de la libreta hay también una forma discreta de mando. Si Clara dejara de pagar, tendría que preguntarse qué quiere ella, y esa pregunta le da más miedo que el cansancio. Alcestis en el mito también pasó factura. Es un mito con factura. Muere, pero deja a Admeto en deuda para siempre.

En la tragedia de Eurípides, Alcestis resuelve el problema del modo más radical, que es también el más edificante. Paga de una vez y se va. Nadie puede acusarla de abandonar a su familia, porque muere por ella, y la única salida que una mujer así se permite es la que puede pasar por un regalo. El maternar, se dice de manera bastante cursi ahora, y también escasa.

Una tarde, al final de la sesión, Clara mira al suelo y dice:

—A veces me gustaría que no me necesitaran.

Es la frase que Alcestis no dijo antes de aceptar, y que nadie en Feras habría querido oír. Clara quiere irse sin ser culpable de haberse ido, y la única forma que conoce de hacerlo es agotarse.

En la obra, Heracles le arranca Alcestis a la Muerte y se la devuelve a Admeto con la cara cubierta. Ella no puede hablar durante tres días, hasta quedar libre de su consagración a los dioses de abajo, y la obra termina antes de que abra la boca. Admeto recibe por fin la imagen que había encargado. Una mujer que vuelve a estar en su casa y no puede decir nada.

Vista a través del mito, la frase de Clara deja asomar un deseo más feo y más vivo. El deseo de decepcionar a alguien y seguir ahí al día siguiente. Feres se lo permitió, y la obra no se lo ha perdonado nunca.

En la consulta Clara hace lo mismo que en casa. Habla de los demás, se ocupa de que la hora sirva para algo y, a su manera, intenta cuidar también de mí. Tarde o temprano ese deseo llegará hasta aquí y me tocará a mí ser el decepcionado. Nadie se lo va a pedir, y yo menos que nadie, aunque quizá sea parte del drama a transitar**. Quizá esto sirva de marco para que nadie tenga que bajar «a negociar» con las divinidades del Hades.

**Decía un psicólogo, de broma, que su función era representar papeles y ser el continente de alguien. En la consulta uno no es simplemente uno mismo, sino que ocupa un lugar en una escena que el paciente trae, y a veces le presta una presencia capaz de alojar algo que todavía no puede pensar o decir. La broma me hace pensar en lo que dice Carson sobre las funciones simbólicas del teatro, donde una escena no solo representa una pasión, sino también le da forma, la vuelve visible y permite que ocurra de otro modo. Aristóteles llamó catarsis a uno de esos efectos.

Cierta psicología «funcionarial» operativiza todo esto de una manera un tanto sencilla. Pero, muchas veces su formalismo, su sencillez, me hace preguntarme si ese mismo pensar esquemático nos hace dejar de lado preguntas importantes, pues: ¿por qué esa persona necesita que el terapeuta ocupe justo ese papel? ¿Qué le hace esperar de él que la juzgue, la salve, se aleje o por fin la escuche? ¿Qué idea de sí misma y de los demás aparece en esa relación? Observar la conducta nos dice qué está pasando en la consulta; comprender la escena nos ayuda a preguntarnos qué historia trae consigo. Y somos animales de historias. Para que lo intersubjetivo se abra y no se cierre, para que la relación entre dos personas funcione, necesitamos historias.

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