La mujer de las cuarenta y tres pestañas y media

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El ordenador de Vero tenía cuarenta y tres pestañas abiertas y respiraba con dificultad. De vez en cuando activaba el ventilador como si intentara comunicarle a su dueña que no podía seguir sosteniendo tantas vidas al mismo tiempo. Ni siquiera las virtuales.

En estos espacios virtuales había entre otras cosas tres ofertas de empleo, dos ciudades en las que quizá sería más feliz, siete pisos que no pensaba alquilar, un máster de nombre prometedor, nueve perfiles de hombres razonablemente simpáticos y una casa rural para un fin de semana que llevaba meses comparando. Y tal vez un retiro espiritual de esos místicos que se llevan ahora, pensó como riéndose de sí misma.

Vero prefería decirse a sí misma que estaba reuniendo información. Llevaba dos años reuniéndola y ordenándola y empezaba a sospechar que la información se reproducía por la noche. Algunas de esas pestañas eran tan antiguas que ya no recordaba por qué las había abierto. Las conservaba por respeto. Cerrarlas habría sido como despedir a alguien sin permitirle terminar la frase.

—Tu problema es que no sabes lo que quieres —le dijo una amiga una tarde.

Aquella idea era injusta, pensó Vero. Sabía perfectamente lo que quería, pues ella siempre había sido fiel a su deseo, se repetía de una manera un tanto lacónica o lacanesa. Quería un trabajo estimulante pero no invasivo, una relación estable pero no previsible, una ciudad viva pero tranquila. Quería, sobre todo, no descubrir demasiado tarde que detrás de la opción elegida había otra mejor. Alguna opción que la completara de verdad, por fin, y que ella hubiera no tenido en cuenta. Su deseo estaba clarísimo. Lo confuso era la realidad.

A veces, por la noche, entraba en una aplicación de citas solo para comprobar que aún había alguien a quien conocer. Pasaba los perfiles como quien revisa currículos para un puesto delicado. Un puesto en la torre transparente del deseo, donde los afectos se presentan claros y ordenados, y el desencuentro parece casi imposible porque todo está regido por los cuidados. Pero abajo, en el mundo de la aplicación, entre la torre transparente del deseo y quienes la habitaban, corría un río de orina, como el que Kundera tendía entre el mundo de las prostitutas y el de Dios. Uno sonreía demasiado; otro, demasiado poco. Un tercero parecía extraordinario, pero vivía a cuarenta kilómetros. El siguiente tenía una fotografía sosteniendo un pescado. Aquel pescado de ojos gelatinosos, atravesado por una caña alargada, perjudicaba también a los hombres posteriores.

Cuando alguno parecía interesante, Vero se detenía. Ampliaba la fotografía, leía de nuevo la descripción y pensaba que quizá era mejor continuar un poco más antes de decidir. Lo dejaba atrás de manera provisional. Muchas veces pienso que, en el mundo automático de las aplicaciones —esa fantasía contra la carestía y la fragilidad que es ese supermercado de individuos libres y racionales—, las decisiones provisionales tienden a convertirse en definitivas. Solo los lapsus conservan algo de prometedor.

Una noche encontró un perfil que le gustó. Antes de pulsar el corazón, levantó la vista y vio que la cena se había enfriado. Sintió una irritación inmediata hacia aquel desconocido. Ni siquiera se conocían y ya le estaba estropeando la tortilla a la betanceira. Cerró la aplicación para pensarlo mejor.

Las decisiones importantes le producían un fenómeno parecido. Si aceptaba un trabajo, comenzaba a imaginar el que aparecería dos semanas después. Si reservaba un alojamiento, consultaba los precios de los demás durante todo el viaje. En cierta ocasión pasó un fin de semana estupendo en un hotel que no le gustó hasta que regresó a casa. Su infelicidad empezaba generalmente después, durante la edición nocturna.

En un cajón de su casa guardaba cinco llaves que ya no abrían nada. Una era de un piso donde había vivido durante la universidad. Otra, de la casa de una antigua pareja. Las restantes habían perdido incluso su relato y sobrevivían como pequeñas preguntas ecoicas. Cada vez que ordenaba el cajón pensaba en tirarlas, pero una llave sin cerradura resulta difícil de desechar. Mientras existe la llave uno puede imaginar que la puerta también continúa en alguna parte.

Un sábado por fin se decidió a visitar un piso. Tenía una habitación pequeña, un balcón sobre una calle tranquila y una cocina en la que cabía una mesa. Mientras el agente hablaba, Vero calculó cuánto perdería si al día siguiente aparecía algo mejor.

—Hay otras dos personas interesadas —dijo el agente.

La frase estaba concebida para producir deseo, pero en la adiestrada cabeza de Vero produjo una estadística en excel. Pidió unas horas para pensarlo. Salió lenta pero apresurada, buscó pisos semejantes y caminó hasta que anocheció. Al llegar a casa, el anuncio ya no estaba disponible. Durante una semana, aquel había sido el mejor piso de la ciudad.

Algunas de sus alternativas poseían, sin embargo, una consistencia muy poco literaria. Su contrato terminaba en tres meses. El alquiler consumía casi la mitad del sueldo. Saber que existían otros empleos y otras ciudades constituía una medida de seguridad. Solo pueden burlarse de las puertas de salida quienes nunca han necesitado una.

Esto complicaba mucho las cosas. Le habría resultado más cómodo descubrir que todo era miedo al compromiso. Los problemas con una única causa tienen algo tranquilizador ya que parecen disponer también de una única solución. Algunas psicoterapias saben presentar esa claridad con admirable economía. También el deseo, al parecer, puede explicarse en pocas palabras, administrarse con pocos gestos. No sé si llamarlo pragmatismo. Adam Phillips quizá tendría algo que decir.

Una mañana, el ordenador se bloqueó. Vero llevó el aparato a reparar. El técnico contempló la pantalla congelada con una mirada técnica y abstinente.

—¿Necesitas conservar todo esto?

Ella observó las cuarenta y tres pestañas. La pregunta le pareció excesivamente personal para venir de un hombre al que acababa de conocer.

—En principio, sí.

El técnico reinició el equipo. Al encenderlo de nuevo, el navegador preguntó si deseaba restaurar la sesión anterior. Vero pulsó «sí» con un alivio que le dio algo de vergüenza.

Esa tarde se reunió con una amiga que estaba a punto de abandonar un trabajo. La amiga tenía miedo, pero había enviado varios currículos y recibido dos respuestas. Menos mal que hay opciones, dijo. Vero pensó que quizá las opciones no fueran el problema. Gracias a ellas su amiga podía irse. Una puerta abierta no obliga a atravesarla, pero da la sensación de que existen opciones, y eso siempre tiene algo de tranquilizador. El problema que había aparecido como solución tantas veces empezaba a ser que el exceso de puertas no dejaban sitio para las paredes.

A la semana siguiente Vero se apuntó a un taller de cerámica. Llevaba meses comparándolo con otro más barato, otro más prestigioso y otro que ofrecía una técnica japonesa cuyo nombre no sabía pronunciar. Eligió aquel porque estaba cerca y empezaba el martes. Le decepcionó comprobar que una decisión pudiera tomarse por un motivo tan modesto.

En la primera clase hizo un cuenco torcido. En la siguiente clase la profesora le mostró cómo centrar la arcilla con ambas manos, pero Vero apretó demasiado y la pieza se desplomó entre sus dedos.

—Hay que acompañarla —dijo la mujer, suavemente—. Si intentas controlar todo lo que va haciendo, la hundes.

Vero sospechó que los profesores de cerámica decían aquellas cosas para que sus alumnos creyeran estar recibiendo, además de un cuenco, una enseñanza sobre la vida. Volvió a intentarlo. Durante unos minutos dejó de imaginar las piezas que habría fabricado en los otros talleres. La arcilla giraba, se desviaba y respondía de una manera que ningún folleto había previsto. Antes de tocarla, Vero no habría podido saber si le gustaba aquello. Pero algo estaba ocurriendo allí, mezclado con el barro, la torpeza y una ligera molestia en la espalda.

Al terminar la última clase, la pieza seguía siendo imperfecta. La profesora dijo que podía deshacerla y comenzar de nuevo en el siguiente curso. Vero sin embargo decidió conservarla pues llevaba dos horas haciéndola y quería ver qué le hacía el horno.

Después de un arduo día dedicado a la creatividad al llegar a casa la esperaba el cajón de las llaves. Sacó las cinco y las colocó ordenadas sobre la mesa. Parecían trozos de vida reales. Una había conducido a una cocina minúscula. Otra, a una relación que terminó. Las miró un rato y tiró tres.Las otras dos volvieron al cajón, porque tampoco era necesario convertirse de golpe en una persona resuelta.

Después abrió el ordenador. Seguían allí las cuarenta y tres pestañas. Cerró una oferta cuyo plazo había terminado, dos pisos ya alquilados y el máster prometedor. Al llegar a la aplicación de citas apareció de nuevo el hombre con el pescado. Vero pulsó el corazón antes de examinar cuánto le gustaba.

A la mañana siguiente encontró una coincidencia y un mensaje bastante vulgar:

—Hola, ¿qué tal la semana?

Vero acababa de recoger el cuenco del taller. El horno había acentuado su inclinación y abierto una grieta fina junto al borde. La profesora le aseguró que probablemente no serviría para beber, aunque podía guardar cosas. Entonces dejó dentro las dos llaves que no había tirado. El cuenco se venció ligeramente hacia ese lado. Después volvió al mensaje.

—De momento, pensó, abierta.

Advertencia al lector

Como el resto de los textos de este blog, los personajes que aquí aparecen son enteramente ficticios. Su única razón de ser es prestar algún servicio a la trama expositiva de ciertos asuntos psicológicos. Cualquier parecido con la realidad será, por tanto, responsabilidad de esta última.

El autor tampoco se hace responsable de los restos de vida que pudieran conservar sus criaturas una vez terminada la lectura, ni de sus posteriores metamorfosis, emancipaciones o eventuales rebeliones contra quien las puso por escrito.

En cuanto a las interpretaciones, conviene recordar, siguiendo las teorías de la respuesta del lector, que pertenecen enteramente ya a ustedes, queridos lectores. Y en ello deposito mi confianza, que mi voluntad poco puede ni quiere. Poco puede hacer el autor frente a sus fantasías, deseos e intereses, y menos aún frente a esas «interpretaciones erróneas» y fecundas que Harold Bloom consideraba una de las fuerzas creadoras de la literatura.

Así pues, habiendo renunciado a la custodia de sus personajes y al gobierno de sus significados, el autor se declara, como el otoño, póstumo. Y bajo las hojas espera.

R****** C*** M******z

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