
Verano y 2026, El señorito de Avignon sentado en el conejo azul de su antigua casa. «Sí, tu niñez: ya fábula de fuentes.»**
A las siete y doce de la mañana, el baño tiene una luz de ambulatorio que no perdona ni al santo más reciente. Lo pienso mientras la cabeza despide una aureola vertical de vaho, un resplandor casi seráfico que asciende, como si acabara de caer en vez del cielo, de los sueños.
La noche se retira de mí sin elegancia. Deja migas. El peine sobre el lavabo con dos pelos parece una prueba pericial. El bote de crema sin tapa, a su lado, tiene algo de animal abandonado. El cepillo de dientes inclinado sobre el vaso, con un aire de hastío de las cosas que trabajan de madrugada. Todo estaba en su sitio y, sin embargo, no dejaba de sentir esa sensación de que las cosas, mi casa, el aire del mundo matutino, hubieran conspirado durante la noche.
Al cabo de un rato pasé la mano por el espejo con un gesto sonámbulo para comprobar si seguía allí. El vaho se abrió en una raya torpe y al fondo apareció un ojo. Solo uno. Durante un instante me pareció bastante. Intimidante. Un ojo ya compromete mucho, pues hay ojos oníricos y ojos de vigilia, aunque a veces coinciden en la mirada y no nos demos cuenta. Aquel ojo en el espejo no devolvía una persona, sino un inventario cubista, restos de sueño, una cara en trámites, fragmentos de un ciudadano provisional antes de la ducha. El señorito de Avignon. Entonces llega como una frase o un susurro, muy rápido.
Una frase no dicha por nadie. Ahí estaba la dificultad. Cuando alguien te dice mírate, puedes defenderte. Puedes contestar con una grosería, con una broma, con una teoría más o menos elaborada. Puedes incluso decir, mírate tú, que es una forma muy humana de seguir vivo. Pero esta frase no venía de fuera. Tampoco venía exactamente de dentro. Venía de esa zona intermedia donde se acumulan las órdenes antiguas.
Mírate, decía. La palabra tenía la precisión de una multa. No decía observa, despierta, atiende. Decía mírate con la crueldad limpia de los verbos reflexivos. Como si uno pudiera doblarse sobre sí mismo y encontrarse culpable en el acto.
Su procedencia podía ser múltiple, y por eso resultaba tan laberíntica, tan ajena a cualquier interpelación. Podía venir del patio de un colegio, por ejemplo, donde la infancia aprende que incluso el recreo tiene a veces sus funcionarios. Podía venir de una madre amorosa que vigilaba por amor y, al vigilar, convertía el amor en una luz de quirófano. Una luz blanca, precisa, bajo la cual el niño termina observándose como si fuese un proyecto, un órgano expuesto, una identidad formada ante el espejo de la mirada ajena.
Podía venir de una pareja que llamaba cuidado a la inspección emocional, y deseo a una especie de revisión técnica del cuerpo. De una fotografía tomada sin piedad. De una pantalla encendida antes del desayuno. De esta época, que ha conseguido que uno se sienta desnudo incluso vestido.
Es ahí empieza lo que yo llamo, metafóricamente, el asunto de los fantasmas. No hablo de fantasmas con sábana, ni de esos simpáticos espectros cultos atravesando pasillos victorianos. Hablo de fantasmas modestos, de andar por casa. Fantasmas que arrastran argumentos más que cadenas. No aparecen a medianoche con las campanadas del reloj de pared, aparecen a las ocho menos diez, cuando uno busca los calcetines. Son fantasmas más de gestión que dramáticos. Administran culpa, reparten vergüenza, actualizan expedientes.
Uno cree que ha descansado el domingo, y de repente el fantasma a una hora inopinada del lunes le dice, improductivo. Reconozcámoslo, es incluso ridículo esa acusación, formulada así, en genérico. En lunes genérico que es la cualidad de los lunes, uno no sabe por qué y se siente improductivo. Uno va a pedir ayuda y el fantasma le coloca una disculpa en la boca antes de que salga la primera palabra. Uno recibe un mensaje seco y el fantasma, muy profesional, organiza el fin del mundo en treinta segundos. Uno mira una foto de una fiesta y la fiesta desaparece. Solo queda el brazo. El cuello. La forma rara de la sonrisa. El delito anatómico.
La vida cotidiana está llena de estas posesiones menores. Son como frases simples, quizá diálogos continuos y repetitivos que no acaban de decir todo. Su aparente simplicidad les permite entrar en todas partes. En una cocina, en una cama, en una reunión de trabajo, en una consulta, en un ascensor con espejo. Se introducen como prudencia, madurez, lógica, amor propio, autocuidado. No como manifiesto ideológico, aunque lo sea. El manifiesto ideológico de la razón que ya sabemos, produce monstruos. Me decía una amiga, con la dulzura firme de quien ha aprendido revisarse en grupo- esa traslación de las comunidades creyentes a lo secular-que a ella las afirmaciones rotundas le daban pavor. Y mientras lo afirmaba con absoluta rotundidad, por su boca aparecía entre ambos un fantasma.
La socióloga Avery Gordon hizo de estas apariciones un asunto bastante serio, escribió que lo espectral señala algo pendiente. El fantasma según sus estudios aparece donde una historia no ha encontrado todavía una forma habitable. Una injusticia, una pérdida, una violencia, una vergüenza familiar, una promesa rota. Algo quedó sin elaboración y continúa moviéndose dentro de la casa.
Dicho en términos menos solemnes, lo que no se habla busca otros muebles. Se sienta en la mandíbula. En el estómago. En la manera de contestar deprisa. En la necesidad de caer bien. En el insomnio. En la elección de parejas que repiten una escena con diferente vestuario. He de reconocer que estas definiciones aunque sugerentes, carecen de especificidad, y en realidad pese a hablar de la idea de fantasma, mas bien parecen términos divinos, que diría Rorty. Es difícil contradecirla.
Una paciente puede decir durante meses: “soy así”. La frase cae con una autoridad mineral. Soy así. Celosa. Fría. Dependiente. Explosiva. Sumisa. Exagerada. Incapaz. La clínica empieza muchas veces en ese bloque, como decía, mineral. Y muchas veces ansío que seamos un poco como Miguel Ángel en nuestra tarea. Ver dentro del bloque inmenso de mármol la figura.
“Soy así” puede querer decir, aprendí a vivir de este modo en algún sitio hace tiempo y ya no lo recuerdo, pero tampoco puedo dejarlo. O, estoy vinculada a una escena imaginaria y no lo sé. La frase, no obstante, cambia de peso cuando va apareciendo esa o esas escena. No confío en los relatos de un único evento aunque tienen el apelativo de lo literario. No creo que la operación sea revelar la verdad de una vida. No obstante hay trabajo en que algo deje de ser una esencia y pase a convertirse en biografía por narrarse, por ensoñarse conjuntamente en la terapia.
La memoria al parecer guarda escenas. La memoria es un pequeño escenógrafo. Tiene vocación de director, de actor, de guionista… Con el tiempo, sin embargo, de muchas escenas conservamos menos la escena que su argumento. Las palabras ayudan a recordar y lo hacen de una manera paradójica. Miman la experiencia despojándola. Se pierden detalles pero se conserva una trama. Para que algo permanezca tiene que consentir cierta pérdida, pasar por ese «tierno despojamiento» de las palabras sobre la experiencia hasta convertirse en algo parecido a un archivo. Mesa, tomate, María y amor de verano pueden acabar incluso en la misma carpeta.
El problema es que algunas carpetas contienen instrucciones. Al guardar lo que pasó también guardan una reconstrucción más o menos fabulada y también guardan algo acerca de qué esperar cuando vuelva a pasar algo parecido. El mimo de las palabras «is complicated». Es como tener a un Borges dentro de la cabeza en su fingido despiste y bondad cambiando por la noche las signaturas de los anaqueles de nuestra biografía. Por eso el fantasma no siempre se presenta como recuerdo. Sabe camuflarse mejor. Se presenta bajo la luz de Apolo. Soy así, si me quisiera, lo sabría, esto no es para mí. Las mejores máscaras son las que parecen un rostro familiar.
También hay fantasmas de época. Estos son más difíciles de aislar porque vienen repartidos en el aire. Mucha gente los viste y son por tanto como fantasmas del sentido común. Nadie recuerda la primera vez que empezó a sentirse culpable por descansar y de repente la epidemia se extiende por toda la ciudad insomne. Supongo que hay algo de esto en el Nueva York que impactó a Lorca.
El capitalismo contemporáneo ha refinado sus modales. Ya no necesita gritar siempre. Tiene aplicaciones de hábitos, gimnasios abiertos de madrugada, cuatro columnas de cieno, frases de taza, palomas disecadas. Tiene cursos para aprender a respirar, fotografías de desayunos perfectos, gente que medita con una eficacia militar. El mandato entra vestido de cuidado. Toma este vals, este vals, este vals, con la boca cerrada…
Ahora los sistemas sociales fabrican encantamientos. Pese a que la ciencia y la razón parecían destinadas a desencantar el mundo, vivimos rodeados de una especie de fetichismo arcaico. No se gobierna solo con leyes, salarios y aparatos del Estado. También con imágenes. Gobiernan a través del deseo. El selfie es uno de sus espejos, y representa una forma muy particular de congelar el deseo y quedarse mirándolo. Quedarse mirándose a uno mismo.
Una persona abre el móvil antes de lavarse los dientes y encuentra, por este orden: 1. Una cocina limpia; 2. Una piel luminosa; 3. Animales pertenecientes al Emperador, embalsamados, amaestrados, etc; 4. Alguien haciendo ejercicio frente a una ventana enorme; 5. Alguien anunciando que por fin ha encontrado su propósito. Nada demasiado extraordinario. Nada que parezca una orden. La pantalla apenas ofrece ejemplos. El algoritmo produce una taxonomía cotidiana disparatada, como cierta enciclopedia china. Lo extraño es que hemos aprendido a vivir dentro. Siempre tuve la intuición que una parte nada desdeñable del deseo consiste en en no saber muy bien qué desear. Nuestra era parece haber encontrado algo que hacer con esa confusión.
Decía Victor, nuestro querido, Aparicio Abundancia-«que agora vai polo aire»- que dicen que «es tarde». Tarde para qué. Tarde para todo. Para triunfar, para tener hijos, para no tenerlos, para escribir un libro, para comprar una casa, para superar el trauma, para viajar, para estar en forma, para saber amar, para dejar de necesitar aprobación, para ser esa persona luminosa que en algún momento se prometió llegar a ser. La época habla en primera persona. El fantasma gana cuando consigue que una estructura social parezca un defecto íntimo.
Lo mismo ocurre con ciertas palabras clínicas que han salido de la consulta como diminutos y simpáticos Gremlins que ahora circulan por redes, conversaciones, rupturas sentimentales y sobremesas. Trauma. Apego. Narcisismo. Tóxico. Límite. Dependencia. Gaslighting. Disociación. Algunas de ellas quizá han sido necesarias. Muchas personas encontraron en ellas un mapa cuando solo tenían niebla. El problema llega cuando la palabra deja de abrir una pregunta, de desarrollar el pensamiento y empieza a cerrar una identidad y ofrece una luminosa y apacible claridad. El lenguaje clínico sirve cuando devuelve matices. Se vuelve fantasma cuando reemplaza la historia por una etiqueta.
Carlo Ginzburg mostró algo inquietante, incluso cuando alguien intenta contar una experiencia propia, íntima, extraña, puede terminar haciéndolo con las palabras del poder. Los benandanti, aquellos campesinos del norte de Italia que hablaban de sus sueños, de sus batallas nocturnas y de sus visiones, no fueron simplemente escuchados por jueces, curas e inquisidores. Fueron traducidos. Poco a poco, bajo la presión de las preguntas, sus relatos empezaron a adoptar el vocabulario de quienes los interrogaban. Donde había una experiencia campesina, ambigua, ligada a la fertilidad y al mundo de los muertos, comenzó a aparecer el léxico de la herejía, del sabbat, del demonio.
Una consulta no es un tribunal inquisitorial, claro, pero tampoco sus preguntas llegan con las manos vacías. En consulta es importante comprender cuándo una palabra ayuda y cuándo encierra. Una palabra útil deja respirar. Permite decir: “esto me pasa”, “creo que es esto lo que aprendí”, “esto repito”, “esto puedo empezar a mirar”. Abre una curiosidad acerca de uno mismo, sin cerrar definitivamente la experiencia. Da posibilidades. Una palabra convertida en sentencia deja poco espacio. Se pega a la frente como una etiqueta de hospital.
La terapia no debería dedicarse a expulsar fantasmas con solemnidad de exorcista. Esa fantasía de limpieza total pertenece más a la publicidad, y al modelo médico, que al trabajo psíquico. Los fantasmas no se van porque uno los denuncie. Algunos organizan la vida cuando no hay nada mejor disponible.
La pregunta clínica necesita delicadeza: ¿para qué sirvió esta voz? ¿A quién se parece? ¿Qué amenaza promete evitar? ¿Qué edad tiene la parte de mí que todavía la obedece? ¿Qué ocurriría si dejara de obedecerla siempre?¿ Qué tipo de persona haría falta para albergar este deseo?
No se trata de absolverlo todo. La historia explica, no borra los efectos de nuestros actos sobre los demás. Una persona puede haber aprendido a defenderse atacando y aun así necesitar hacerse responsable del daño. La biografía no es una coartada. Es material de trabajo que con dificultad conviene afrontar. La diferencia está en pasar del tribunal al taller.
En el tribunal comparecen palabras y posiciones de indentidad, culpable, inocente, tóxico, sano, víctima, agresor, narcisista, dependiente. En el taller se mira cómo está hecha la cosa. Qué piezas tiene. Qué se pegó con miedo. Qué ya no encaja. Qué parte todavía sirve. Qué parte corta la mano cada vez que se toca.
La clínica, quizá cuando tiene paciencia y no es una sierva de la época, vuelve audible lo que antes solo mandaba. Una voz anónima empieza a tener procedencia. Una frase automática empieza a mostrar su fecha aproximada. Un gesto empieza a revelar la escena que lo fabricó.
Alguien dice: (Deseo que me quieran y) Cuando no me responden de la manera en la que esperaba, siento que desaparezco. Ya no dice únicamente, “soy intenso (”Deseo que me quieran y…). Ahora hay una experiencia, un cuerpo, una imagen, un relato que los vincula. Empieza por tanto una posibilidad de quedarse un rato ahí sin convertirlo todo en culpa o en diagnóstico. Lo que antes estaba tachado, ausente, evacuado, empieza a emerger con una complejidad que introduce su parte de responsabilidad sin exceso de juicio.
Alguien dice: « Cuando descanso, siento que me van a descubrir». Esa frase abre una puerta. Descubrir qué. Por quién. Desde cuándo. Qué crimen sería no hacer nada. Qué familia, qué clase social, qué moral del esfuerzo, qué miedo a caer, qué voz antigua vigila desde el borde del sofá. Ahí el fantasma pierde algo de poder porque deja de hablar desde todas partes a la vez.Quiero que no hacer nada también esté permitido.
Vuelve al espejo. A la mañana siguiente, el baño sigue teniendo luz de ambulatorio. El peine continúa en la repisa. El vaho cubre el cristal. La persona abre una línea con la mano y aparece de nuevo una cara incompleta, un ojo primero, luego la boca, luego ese cansancio que ninguna teoría vuelve noble. Puede volver la misma frase.
La frase llega y por un instante se escucha como frase. No como revelación. La persona no se libera no obstante de otros fantasmas. Tiene que ir al trabajo. Tiene mensajes sin contestar. Quizá se mire mal dentro de una hora. Quizá vuelva a pedir perdón por algo que no hizo. La vida psíquica no avanza como una película de redención.
Aun así, algo se ha movido. El vaho empieza a cerrar la raya abierta en el cristal. La cara se desdibuja. Durante unos segundos vuelve esa blancura tibia donde nadie exige una versión definitiva de nadie. La persona respira sobre el espejo. La nube crece.
Puede que el fantasma no desaparezca del todo, pero pero pierde algo de su estatuto de revelación. No todo lo que habla dentro merece obediencia inmediata. Pero ¿ acaso todo lo que no merece obediencia merece ser expulsado? ¿Qué conservan nuestros fantasmas? ¿Qué pactos se pueden hacer con ellos? ¿Podríamos conseguir que algo de ellos trabajase alguna vez a nuestro favor? ¿Existe una ética, quizá incluso un arte, de lo fantasmal?
**«Sí, tu niñez: ya fábula de fuentes.»Frase del poema de Gerardo Diego, que aparece en el poemario de Lorca en Nueva York.

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