Sobre autocastigo, insuficiencia y reparación

Sí, existe la belleza y existen los humillados. Cualesquiera sean las dificultades de la empresa, no quisiera ser infiel ni a la una ni a los otros. Camus
1. La culpa que persigue y la culpa que repara
Aquella tarde cuando Laura entró por primera vez en la consulta parecía pedir perdón al aire. La recuerdo caminar con la cabeza reclinada a su paso bajo el marco de la puerta, hasta dejar su bolso en el suelo con un cuidado excesivo, como si temiera dañar la habitación. Luego volvió a hacer ese gesto como de permiso al sacar un pañuelo, al rozar la silla, al tardar unos segundos en responder. Había en ella una forma de estar como de costumbre antigua consistente en ocupar poco espacio, en pasar sin hacer ruido.
Cuando empezó a dar cuenta de lo que le pasaba refería algo difuso, sobre todo de cansancio, y de acostarse con la sensación de no haber hecho bastante. Nada más levantarse lo primero que parecía era una sensación de falta. De la llamada pendiente a su madre, del gesto seco que había tenido con su hijo, del mensaje que no contestó a una amiga. También en ese rato de sofá que no consiguió disfrutar del todo.
—Cuando paro, me siento mal —dijo sin dramatismo. Como quien notifica que la cisterna pierde agua, que llueve en el exterior observando desde el quicio de la ventana, adentro de casa. Una frase gastada de tanto usarla, sin entonación, empañada.
A veces lo que entendemos por culpa no siempre llega después del daño, con su escena clara de víctima, verdugo y confesión. De hecho es posible aceche silente en el día a día de la manera más inopinada, entretejida con el amor, con el deber, con la ternura, con el miedo a decepcionar. No siempre dice, he hecho algo malo, sino más bien algo difuso, no estoy haciendo nunca lo suficiente.
Durante bastante tiempo, disciplinas como el psicoanálisis hablaron mucho del superyó, de la conciencia, del sentimiento de culpa, de la necesidad de castigo. Después, algo cambió. Donald Carveth apunta que, del paso de las sociedades industriales productivas a la sociedades capitalistas centradas en el consumismo, hay un cambio que afecta tanto la cultura en general como a parte del propio pensamiento psicoanalítico. Uno de los cambios es que se tiende a desplazar la cuestión de la culpa y de la conciencia en favor de lenguajes más centrados en las heridas narcisista, el déficit del yo y la condición de víctima. Cambia tanto lo que se entiende y espera de las personas, como los lenguajes terapéuticos para abordar estos problemas.
No es que el sufrimiento moral desapareciera, sino que más bien empezó a presentarse de otras maneras como la vergüenza, el vacío, el derrumbe, la queja, el autocastigo, aunque este último no siempre aparezca como una preocupación por el otro.
Carveth al hablar de culpa distingue entre una culpa persecutoria y una culpa reparadora. Exponiendo entre sus argumentos que la primera acosa, humilla, agota, mientras que la segunda permitiría la preocupación por el otro y puede mover a reparar.
Esa diferencia importa mucho según este autor, ya que hay personas que sufren mucho y se machacan sin tregua, pero que todavía no están en contacto con una culpa viva. Se sienten malas de una manera totalizante, pero vaga, como pegada al cuerpo, a la atmósfera. Hay en ellas como vigilancia, cansancio, un juicio sin descanso. El dolor, en esos casos, no aclara nada. Solo persigue. También hay vidas organizadas alrededor de una expiación muda, cuidar hasta agotarse, no pedir, no cobrar, no disfrutar, estar siempre disponibles. Desde fuera puede parecer generosidad. Desde dentro se parece más a una deuda sin nombre.
La otra culpa tendría otro tono. Duele también, pero deja pensar, permite entenderla y elaborarla. Permite reconocer algo del daño. Sostener que uno ama y hiere, que necesita y exige, que a veces cuida bien y a veces no. Melanie Klein vio en esa ambivalencia una de las posibilidades del movimiento de cara a la reparación, ya que es a partir del reconocimiento de lo que pinta uno en la historia donde se puede empezar salir al encuentro con el otro como otro, y salir de las posiciones de blanco o negro, de víctima o verdugo. Creo también que es a partir de esta autora podemos asentar una antropología un poco más completa de lo humano, atrapada entre las polaridades un poco esquizoparanoides del hombre bueno por naturaleza de Rousseau o el lobo para el hombre de Hobbes.
Esta diferencia importa también fuera de la consulta. Vivimos en una cultura que oscila entre dos caricaturas. Una todavía santifica el sacrificio y llama amor a la autoanulación. La otra desconfía de toda culpa y sueña con una inocencia higiénica, sin peso ni deuda ni conflicto. Ninguna de las dos ayuda demasiado. La primera convierte la vida en penitencia. La segunda corre el riesgo de vaciar la conciencia de su dimensión más humana.
No trato aquí de defender la culpa como quien defiende un látigo. Se trata de rescatarla de sus disfraces. Hay una culpa que no deja vivir, y conviene desobedecerla. Hay otra que nos recuerda que el otro existe, que importa, que no es un objeto de nuestro uso ni una extensión de nuestras necesidades. Esa segunda culpa no empobrece la vida moral, la inaugura.
Laura, al principio, cuando llegó a consulta, no estaba ahí. Lo suyo era más difuso. Una vida llevada como si respirar dejara deudas.
2. Por qué a veces hay que ayudar a alguien a bajarse de la cruz
Durante las primeras sesiones no tenía sentido preguntarse enseguida a quién había herido o qué debía reparar, aunque el aire de lo que contaba nos llevaba a ambos a una novela detectivesca. Algo circulaba como espeso entre las aspas del ventilador del techo. Y no porque se buscaran culpables, ya que estábamos en unas escenas difusas, sino porque «la escena del crimen» era la vida diaria, de tal manera que la culpa aparecía desplazada con otros disfraces pero en el mismo centro de lo cotidiano. Inaprensible, pero pesada.
Por eso antes había que escuchar la forma de su condena. Dejarse llevar por el material del qué estaban hechas sus frases. Impregnarse para entender qué juez hablaba dentro de ella cuando intentaba descansar, decir que no, no estar disponible para todos. Había que entender a quién seguía pagando. Y eso, como decía un amigo psicólogo, deja marcas. Pero eso es otra historia.
Laura llevaba una libreta gris en el bolso. Llamadas pendientes, cumpleaños, compras, recados, tareas del trabajo. En una página había escrito, preguntar a mamá cómo sigue. En otra, jugar más con el niño. Lo que me llamó la atención no fue eso, sino la forma de tachar. Pasaba una línea finísima por encima, casi con vergüenza, como si incluso lo ya hecho siguiera debiendo algo. Era una especie de trazo del silencio, o una manera de inscribir lo no dicho o no realizado en esas listas a pesar de haberlo tachado. Siempre quedaba algo pendiente. Era como una Lady Macbeth del tachón.
A veces la culpa tiene esa forma. No tanto de un gran crimen, sino la de una cuenta doméstica que nunca termina de cerrarse. En esos casos, el trabajo terapéutico comienza por algo poco heroico, ayudar a alguien a bajarse de la cruz. No se trata de volverlo irresponsable, ni de una absolución como si el psicólogo pudiera o debiera hacer eso que hacen los curas al final de cada misa. Si no de ayudarle a distinguir entre responsabilidad y servidumbre. Entre amor y penitencia. Entre cuidar y obedecer a unos acreedores internos que nunca dan nada por saldado.
Carveth ha señalado que, con el auge de la cultura narcisista, buena parte del sufrimiento moral empezó a presentarse menos como preocupación pensable por el otro y más como vergüenza, derrumbe o autocastigo. Mucha gente no llega diciendo “he hecho daño y no sé qué hacer con eso”. Llega diciendo “no descanso”, “no merezco estar bien”, “si me ocupo de mí me siento egoísta”. El superyó, por decirlo así, se ha vuelto más moderno. No necesariamente más amable.
El primer alivio de Laura llegó cuando empezó a sospechar que aquella voz interior no era la verdad. Que el mandato de no parar, no fallar, no desear demasiado, no decepcionar nunca, no era conciencia moral. Era una dureza aprendida muy pronto, tan aprendida que parecía suya.
3. Cuando el autocastigo evita una culpa más verdadera
Pero bajarse de la cruz no basta. A veces el martirio privado protege de algo más difícil. Puede resultar más llevadero sentirse globalmente horrible que admitir una verdad concreta. Más fácil decir “soy un desastre” que reconocer “quise retener”, “sentí envidia”, “cuidé también para controlar”, “no soporté no ser elegida”, “hice del sacrificio una manera de reclamar amor”.
Carveth formula esta paradoja con mucha claridad: el autocastigo, o autosabotaje puede funcionar como una evasión de la culpa. Pues este no siempre expresa una culpa genuina. A veces la sustituye. Acusándose en bloque uno no tiene que atravesar la pena más precisa de reconocer un daño verdadero ni la tarea más difícil, que es repararlo.
Eso fue apareciendo poco a poco en Laura. Detrás de su “nunca hago bastante” empezaron a abrirse escenas más concretas. Una llamada a su madre hecha por miedo, no por amor. Un cansancio convertido en irritación con su hijo. Un resentimiento antiguo escondido bajo el nombre de responsabilidad. Una forma de cuidar a los demás que también pedía, en silencio pero con fuerza, ser indispensable.
Ya no era la vaga maldad de existir. Era algo más triste, más limitado, más humano. Por eso mismo, más fértil. En ese punto la culpa deja de ser un clima total y empieza a tener contornos. Ya no dice “soy mala”. Dice “en esto dañé”, “en esto exigí demasiado”, “en esto no quise ver”. Y ahí, solo ahí, empieza a aparecer la posibilidad de reparar.
Un día Laura abrió su libreta gris, miró una de aquellas listas interminables y tachó una línea con un trazo firme. Cerró la libreta. La guardó.
—Hoy no voy a hacer más —dijo—.
Parecía que quería así señalar una diferencia, marcar con su gesto, su trazo, un diferencia entre la deuda real y la imaginaria. Entre el daño que pide reparación y el mandato que exige sacrificio. Entre la culpa que persigue y la culpa que despierta conciencia.
Esta es una tarea delicada ya que la libertad tal vez no consista en liberarnos de toda culpa, como si la libertad consistiera en un estado de beatería o de anestesia. Tampoco se trata de vivir crucificados por un acreedor interno que confunde amor con expiación. Se trata de llegar a una culpa que no humille ni absuelva demasiado deprisa. Una culpa capaz de tristeza, de verdad y de reparación. Una culpa más humana no es la que nos clava al madero, sino la que sin dejarnos intactos, nos devuelve al otro.

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