Cuando ser uno mismo parece una traición

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Fotografía en blanco y negro de Horst P. Horst: mujer de espaldas con corsé, usada para ilustrar cómo el deseo puede quedar ajustado a la mirada del otro.
El deseo entrando en escena bajo el corsé .»Mainbocher Corset «(1939), de Horst P. Horst.

«El amor realizado del deseo que ha permanecido deseo» – René Char.

Aprender a desear en territorio ajeno.

Hay un momento, en algunas sesiones, en que la pregunta “¿qué quieres tú?” cae como una piedra en un estanque helado, de tal manera que en vez de producir ondas sucesivas, rebota como inerte, hueca, fantasmática. Abre un silencio no del todo mudo quizás porque la pregunta llega tarde o a destiempo, y no porque la persona no tenga una respuesta. Pues antes de poder querer algo para sí, uno ha tenido que aprender otra cosa: orientarse en el deseo de los demás ¿Qué esperan de mí? ¿Qué lugar me asignan? ¿Qué parece permitido querer en el mundo al que pertenezco? ¿Qué puede desordenarse si empiezo a querer otra cosa?

Eso se nota en detalles pequeños. En quien cuenta una decisión importante y, antes de decir si le ilusiona o no, ya ha calculado cómo le sentará a su madre. En quien al hablar de una relación no dice primero “yo quería”, sino “él necesitaba”, “ella esperaba”, “yo no quería hacer daño”. En quien ha aprendido a leer la cara del otro antes incluso de registrar la propia incomodidad. Son personas que a veces conocen muy bien el clima afectivo de una habitación y muy mal la temperatura de su propio deseo.

No me parece casual. Hay vidas que se organizan así desde muy pronto. Uno empieza queriendo, como todos los niños, de una manera bastante salvaje: quiere presencia, exclusividad, placer, atención, tiempo, lugar. Sin medida. Y si bien es cierto que un aprendizaje fundamental tiene que ver con que el deseo tiene límites, a veces esa negociación con lo que se quiere lleva a una forma particular de relación. Con los demás y con uno mismo. Hay que mirar alrededor. Hay que ver qué produce ese querer. Si inquieta. Si agobia. Si decepciona. Si despierta una tristeza en la madre, una dureza en el padre, un reproche, una retirada, un cansancio. Entonces el deseo deja de ser solo una corriente interna. Se vuelve relación. Se vuelve cálculo. A veces se vuelve diplomacia.

Hermann Hesse lo vio muy pronto en Demian: la infancia no está hecha de un solo mundo, sino, al menos, de dos. Uno claro, limpio, ordenado; otro oscuro, tentador, confuso. Crecer también consiste en aprender qué deseos pueden presentarse a la luz y cuáles deben quedar del otro lado, cargados de culpa, fascinación o peligro. Fragmento de Demian de Hesse y los dos mundos:

Dos mundos se confundían allí: de dos polos opuestos surgían el día y la noche. Un mundo lo constituía la casa paterna; más estrictamente, se reducía a mis padres. Este mundo me resultaba muy familiar: se llamaba padre y madre, amor y severidad, ejemplo y colegio (…) En este mundo existían las líneas rectas y los caminos que conducen al futuro, el deber y la culpa, los remordimientos y la confesión, el perdón y los buenos propósitos, el amor y el respeto, la Biblia y la sabiduría. Había que mantenerse dentro de este mundo para que la vida fuera clara, limpia, bella y ordenada.

El otro mundo, sin embargo, comenzaba en medio de nuestra propia casa y era totalmente diferente: olía de otra manera, hablaba de otra manera, prometía y exigía otras cosas. En este segundo mundo existían criadas y aprendices, historias de aparecidos y rumores escandalosos; todo un torrente multicolor de cosas terribles, atrayentes y enigmáticas, como el matadero y la cárcel, borrachos y mujeres chillonas, vacas parturientas y caballos desplomados; historias de robos…

Quizá por eso tantas personas no sienten que han reprimido simplemente un impulso, sino algo más delicado: la posibilidad de desear sin vigilar al mismo tiempo el efecto que ese deseo tiene en el otro.

El deseo no nace solo

Se habla mucho del deseo como si fuera una voz íntima que uno pudiera escuchar apartando el ruido. A veces no es tan sencillo. A veces el deseo no está escondido bajo capas de distracción, esperando ser rescatado. A veces ha crecido torcido, entrenado desde el principio a hablar en lengua ajena.

Uno aprende a querer y a quererse siendo mirado. Aprende a pedir siendo recibido, o no. Aprende a insistir, a retirarse, a esperar, a seducir, a renunciar. Y de todo eso queda una gramática a veces inflexible, una gramática más que una lengua.

Hay personas que, cuando desean algo, sienten enseguida que se están separando demasiado. Ocupando demasiado espacio. Desordenando una escena. Otras solo pueden querer si logran presentar su deseo como algo razonable, útil, casi impersonal. No “quiero esto”, sino “sería lo mejor”, “tiene sentido”, “creo que es lo correcto”. Como si el deseo necesitara entrar vestido de argumento para no resultar indecente como en la imagen del corsé de Horst.P.Horst, que resulta bello pese a todo.

En consulta esto se ve mucho. Personas que no llegan vacías de deseo, sino llenas de interferencias. Quieren, sí, pero al mismo tiempo anticipan decepciones, pérdidas de amor, cambios de lugar, pequeños derrumbes en la economía afectiva de quienes las rodean. Entonces, antes incluso de elegir, ya están negociando internamente con una asamblea invisible.

Lo que el otro quería de mí

A veces el problema no es solo a quién nos quisimos parecer, ni de quién intentamos diferenciarnos. A veces es más inquietante: qué función cumplía uno en el deseo del otro.

Ser la hija que calma. El hijo que no complica. La mujer que entiende.
El hombre que sostiene. La que no pide demasiado. El que llena con logros un hueco que nunca fue suyo.

Hay personas que empiezan a organizarse alrededor de ese lugar sin saberlo. No viven solo su vida; administran una misión afectiva. Y cuando más tarde intentan querer algo por cuenta propia, no tropiezan únicamente con la culpa o con la indecisión. Tropiezan con una deserción. Como si dejaran vacante un puesto.

Esto me parece fundamental. Porque cambia la pregunta clínica. A veces no se trata solo de “por qué no te permites esto”, sino de algo más fino como una pregunta que lleva a algo así: si te lo permitieras, ¿qué dejarías de sostener en el mundo del otro? Qué figura interior sentiría que la abandonas. Qué antigua promesa, quizá nunca formulada, quedaría rota.

Por eso algunas renuncias no se viven como simples pérdidas, sino como actos de lealtad. Y algunos deseos, incluso los más modestos, se viven como pequeñas traiciones.

La escena y la mirada

Hay novelas y películas que entienden esto mejor que muchos tratados. Pienso, por ejemplo, en La edad de la inocencia. Allí el deseo nunca aparece como una fuerza pura que uno simplemente sigue o reprime. Aparece rodeado de nombres, posiciones, miradas, expectativas, ceremonias. Newland Archer no desea fuera de escena. Desea dentro de una coreografía social y afectiva que ya le ha asignado un papel. Por eso su conflicto no es solo moral. Es teatral, casi arquitectónico. Cambiar el movimiento propio significaría mover demasiadas cosas a la vez.

Eso ocurre también en la vida psíquica. Hay deseos que no fracasan por débiles, sino por excesivamente acompañados. Llegan con demasiados ojos puestos encima. No solo los ojos reales del presente, sino los interiorizados, la madre decepcionada, el padre herido, el hermano rival, la familia escandalizada, el ideal de bondad observando desde alguna parte. Entonces querer algo no es solo quererlo. Es aceptar la perturbación que ese querer produce en una escena heredada.

A veces lo que llamamos indecisión es eso: la dificultad de sostener una inclinación propia bajo una mirada ajena que todavía pesa demasiado.

El deseo como desobediencia

Recuerdo a un paciente que hablaba de una decisión aparentemente pequeña: irse solo unos días. No había drama exterior. Nadie se lo prohibía. Tenía tiempo, dinero, motivos. Y sin embargo hablaba de ese plan con una vacilación particular. Como si se tratara de una fuga o de una descortesía grave.

Le pregunté qué imaginaba que pasaría si lo hiciera.

No contestó enseguida. Dijo primero cosas prácticas. Luego se quedó callado. Después añadió, con una mezcla de vergüenza y sorpresa:

—Mi madre se pondría triste.

No era una predicción objetiva. Era una escena interior. Y en esa escena no estaba solo la tristeza de la madre. Estaba también él, de niño quizá, aprendiendo a registrar demasiado pronto el costo afectivo de sus movimientos. Irse solo no era solo irse solo. Era dejar a alguien sin algo. Abrir una falta. Retirarse del lugar en que había aprendido a ser bueno, correcto, responsable.

A veces uno no renuncia a su deseo por miedo al deseo mismo. Renuncia por la conmoción que imagina en el otro si empieza a desear por cuenta propia.

Querer sin responder siempre a una pregunta ajena

Quizá madurar tenga algo que ver con dejar de vivir únicamente respondiendo a la pregunta “¿qué quieren de mí?” para empezar, poco a poco, a tolerar la otra. No una respuesta espectacular, no un deseo puro y soberano, sino una preferencia menos tutelada. Menos asustada. Menos obligada a justificarse.

Eso no suele ocurrir como revelación. Ocurre más bien como una alteración de la escena. La persona tarda un poco más en disculparse. Registra antes su fastidio. Se da cuenta de que, detrás de cierta bondad automática, había terror a decepcionar. Descubre que muchas de sus elecciones estaban hechas para mantener en paz una mirada interior. Y empieza a sospechar que esa paz salía cara.

A veces el trabajo psicologico no consiste en liberar un deseo encarcelado, como si bastara con romper una puerta. Quizá consista en algo más sobrio, tal y como decía Berger a propósito de los dos tipos de relatos, un tipo de desvelamiento: hacer visible la compañía que trae cada deseo, para que uno pueda elegir sin obedecerla del todo.

Una ventana abierta

No sé si alguna vez se desea completamente a solas. Tal vez no. Tal vez el deseo humano siempre conserva algo de diálogo, de deuda, de una maravillosa y escena compartida a menudo en ausencia. Pero una cosa es nacer entre miradas y otra muy distinta quedar preso de ellas.

Quizá la libertad, aquí, no tenga tanto que ver con dejar de estar atravesados por el deseo del otro, sino en no seguir viviendo enteramente a su servicio. Poder querer algo sin presentar enseguida una defensa. Poder decir sí sin sentir que se rompe una alianza sagrada. Poder decir no sin oír, de inmediato, el rumor de una catástrofe afectiva.

A veces ser uno mismo no empieza con una afirmación rotunda —si es que algo así existe—. Quizá comience con algo mucho más frágil, el instante en que uno advierte que iba a buscar en el rostro del otro la suerte de su deseo antes de atender a su propio temblor, y por una vez se demora.

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