El huésped invisible.

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Una historia sobre lo que dejamos dentro del otro

7-8 minutos de lectura.

Autorretrato con escorpión de Leonor Fini. Pintura surrealista que muestra a una mujer con un escorpión en la frente, simbolizando la proyección emocional y el trabajo terapéutico con lo inconsciente. Imagen utilizada en consulta psicológica en Santiago de Compostela.
Leonor Fini, “Autorretrato con escorpión” (1938).

La paciente entró esa mañana como quien llega tarde a sí misma. Tenía ojeras de alguien que ha estado despierta con una conversación que no termina, una discusión que no cesa, pero que no ocurre fuera, sino dentro. En la mano traía un cuaderno arrugado. Lo dejó sobre la mesa sin abrirlo.

—Soñé que estaba dentro de mi madre. Como si viviera ahí. O peor: como si no hubiera salido nunca.

No buscaba comprensión. Lo dijo como quien escupe algo que le arde en la lengua. Luego calló, y en ese silencio se acomodó algo más: algo no dicho, pero presente, como el zumbido de un electrodoméstico apagado.


Hay sesiones en las que uno siente que no está solo. Que hay un tercero, o un cuarto, un coro de sombras que murmura detrás de las palabras. No son alucinaciones, sino presencias emocionales. Intromisiones. Algo se filtra.

Ese día, yo empecé a sentirme torpe. Mis palabras eran más duras de lo habitual. Me notaba irritado sin causa. Y supe, como se sabe cuando una gotera deja marca en el techo, que algo de ella se había colado en mí.


Eso que ocurre tiene un nombre: identificación proyectiva. Un mecanismo psíquico profundo y primitivo que, lejos de ser solo teoría, habita entre los pliegues de la vida diaria.

Cuando algo en nosotros —una rabia, una tristeza, una necesidad intolerable— no puede ser contenido, se expulsa. Pero no hacia el aire, sino dentro de otro. No se trata solo de proyectar, como quien lanza una sombra a una pared y luego hace mímica con ella. Es más íntimo: es como instalarse en el pecho del otro, y desde allí manipular las cuerdas del títere emocional. Pero como si la sombra estuviera en el otro.

Melanie Klein describió este proceso con precisión y crudeza. No es solo fantasía. Es intento de control. Es supervivencia. Es también comunicación cuando no se tienen palabras, como si se dijera: esto que no puedo soportar tengo que controlarlo. El bebé que no puede decir “tengo miedo”, hace que la madre sienta ese miedo. Lo deposita en ella como una ofrenda compleja, para que lo piense, lo digiera, lo devuelva transformado.


Transformación del «objeto»: cuando el otro deja de ser solo el otro

Mi paciente estaba llena de esas ofrendas sin procesar. Las había recibido durante años. De su madre, de su padre, de parejas, incluso de terapeutas anteriores. Y ahora venía a depositar las suyas. No por maldad. No por manipulación. Sino porque nadie le había enseñado otra forma de estar con el otro que no fuera metérsele dentro.

—Siento que a veces no pienso con mi cabeza —dijo más adelante—. Que lo que digo ya está decidido antes de que abra la boca.

Cuando uno recibe una identificación proyectiva, algo cambia adentro. Uno empieza a sentir emociones que no reconocía como propias. Se altera el sentido de continuidad del yo. Aparecen pensamientos, sensaciones o gestos que no parecen tener origen interno, uno se siente como raro, como si otro respirara dentro de uno.

En la clínica, esto se manifiesta muchas veces en la contratransferencia. El terapeuta no solo escucha: es como si experimentara el estado emocional del paciente como si le perteneciera. Pero saber que eso no es suyo, que viene de otro, y poder pensar desde ahí… ese es el verdadero trabajo que muchas veces requiere de supervisión, u otros espacios para que no se produzca un colapso del terapeuta.

El modo en que gestionamos lo que se despierta en nosotros es una cuestión central de la práctica. En mi caso, ha sido clave la posibilidad de pensar esto con Andrés Sampayo, colega y maestro, con quien he podido ir dando mayor profundidad y complejidad a estos procesos sin perder contacto con lo humano que los habita. «Hacen falta dos para la ensoñación» dice una frase que viene a ese proceso del pensamiento conjunto, que sucede en terapia y en general en la vida cotidiana como parte de la necesidad de elaborar las experiencias.


¿Qué nos impulsa a «invadir» emocionalmente al otro?

La identificación proyectiva puede cumplir varias funciones:

  • Controlar al otro. Hacer que el otro sienta lo que yo no puedo tolerar, como una forma de asegurarme de que me entiende, o simplemente de que no me abandona.
  • Comunicar lo innombrable. Es una forma primitiva de decir lo que no puede decirse. Como los niños que lloran sin saber por qué, pero hacen que otro descifre lo que duele.
  • Proteger lo bueno. A veces se proyectan las partes más valiosas del yo, para ponerlas a salvo. O se expulsan las malas, para preservar una imagen idealizada de uno mismo.
  • Recrear lo conocido. Incluso si lo conocido fue traumático. Hay quienes proyectan para que el mundo confirme lo que ya vivieron: que el amor daña, que el vínculo hiere, que estar cerca es perderse.

En todos estos casos, el otro deja de ser un otro libre. Se convierte en escenario, en contenedor, en rehén momentáneo de una historia ajena.


En una sesión posterior, la paciente me miró fijo y dijo, casi sin parpadear:

—Usted me juzga. Lo sé. Aunque no lo diga. Aunque lo niegue.

Ese día ni lo negué, ni lo confirmé. Solo escuché. Porque no era una acusación, sino un legado. Alguien le había hecho sentir eso. Ella necesitaba que yo lo sintiera también. Lo depositaba en mí para ver qué hacía con eso.

ACCIÓN-¿REACCIÓN?

Resulta muy difícil sostener ese aparente “no hacer nada”, sobre todo cuando las expectativas sociales y profesionales tienden a empujarnos constantemente hacia la acción. Pero entonces surge la pregunta: ¿hacer qué, exactamente? Es esa reflexión —acerca de qué hacer y por qué hacerlo— la que debería guiar nuestras intervenciones, especialmente cuando tratamos con pacientes que funcionan en estados orientados exclusivamente hacia fines o resultados, lo que Fonagy denominaría un funcionamiento teleológico. En estos casos, el riesgo no es solo intervenir mal, sino coludir nosotros también con esa lógica.

Las intervenciones clínicas tienen múltiples motivos y efectos, y precisamente por eso, en el ámbito de la atención primaria, se ha comenzado a cuestionar —desde espacios como la AEN— la necesidad de intervenir en ciertos casos. En particular, se pone en debate la tendencia a prescribir automáticamente, abriendo paso a un modelo más reflexivo que se aleje del puro pragmatismo médico, el cual, en ocasiones, puede ser iatrogénico. Esta revisión conecta con una lectura actualizada del principio hipocrático de primero, no hacer daño, y con propuestas como la prevención cuaternaria, desarrollada en la tesis de Jamoulle, que invita a proteger al paciente de intervenciones innecesarias o perjudiciales.

En momentos de tensión o urgencia, es fácil caer en lo que podríamos llamar defensas maníacas del profesional: actuar rápidamente, hacer “algo” para calmar el malestar —propio o ajeno—, aunque no esté claro si eso beneficia realmente al paciente. Como psicólogos, también nos vemos atrapados en esa dificultad: la incomodidad de no saber qué hacer, y el peligro de hacer por no tolerar esa incertidumbre.

Y es ahí en ocasiones donde se juega lo esencial del trabajo terapéutico.


La mente que contiene y transforma

No se trata de devolverle al paciente lo que dejó dentro del terapeuta como si fuera una caja cerrada. Tampoco de tragárselo sin digerir. El psicólogo tiene que alojarlo, pensarlo, soñarlo incluso dicen algunos. Hacer de ese residuo un símbolo. Darle forma. Y luego ofrecerlo de vuelta, ya no como carga, sino como algo que puede ser comprendido.

Algunos psicólogos lo explican como ese proceso mediante el cual la madre o el padre transforman esa experiencia cruda y no pensada de malestar del bebé que es procesada y devuelta como algo digerible. El psicólogo, como esa madre, convierte la angustia sin forma en algo que se puede pensar.

Cierre

Un día, la paciente dijo:

—Ahora lloro, pero no me siento ridícula. Siento que soy yo la que llora. No otra en mí.

En esa frase cabía todo un proceso. Lo proyectado había vuelto. Pero ya no como huésped, sino como parte propia. Ya no como invasión, sino como reconciliación.

La identificación proyectiva no es solo un mecanismo defensivo. Es también una forma de relación. Una tentativa torpe, pero vital, de conexión. De comunicación desesperada. De decir: “¿puedes sostener esto por mí un momento?”

Y a veces, en el «drama» terapéutico, eso basta.

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