El lobo y Caperucita. El primer miedo

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7-8 minutos de lectura.

Pintura surrealista de Leonora Carrington con dos figuras humanoides fusionadas, en un abrazo ambiguo entre lo erótico y lo onírico, en un entorno simbólico y boscoso.
Leonora Carrington, The Lovers (1950). La fusión del deseo y el temor, donde lo íntimo aparece como espacio potencial de peligro o transformación. Yacen los dos amantes en una escena nupcial y nocturna, rodeados de seres míticos.

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I. La niebla del bosque

La niña avanzaba entre los árboles. La cesta en la mano, el sendero de tierra pálida, las ramas susurrantes. Todo estaba ahí, como en los sueños donde no ocurre nada pero el aire es como si se volviera denso.

Detrás de cada tronco o arbusto, algo podía acechar. El bosque es el primer lugar donde el miedo aprende a tener forma, es el primer espacio mítico, lugar de lo desconocido.

Y después —en ese instante en que el viento se calla— aparece un lobo que no ruge. No necesita hacerlo. Habla con la voz seductora y grave de los desconocidos que parecen amables. O de lo familiar, pero inquietante. Tiene los dientes cubiertos por la sonrisa. En el cuento, como en la vida, el miedo no siempre ni solo llega vestido de amenaza, sino de promesa. Y toda promesa se da en el futuro.

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II. El miedo a ser devorada

Cuando Marina vino por primera vez, traía una niebla a la altura de los tobillos, que enrarecía su presencia.

—No sé qué me pasa —decía—. Pero siento que siempre hay algo que puede salir mal. Como si alguien pudiera hacerme daño en cualquier momento.

Marina vivía rodeada de presencias posibles. El lobo no estaba allí, pero podía estar. Cada encuentro era un cruce de senderos, podía ser amable o devastador. No temía a nadie en concreto, sino al otro como posibilidad de herida. El miedo era una atmósfera- como esa del ventilador y su sombra que aparece en las películas de detectives que duermen con tedio en su despacho hasta que llega la noticia o el encargo.

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III. El lobo bajo la piel de la abuela

En algunas versiones antiguas del cuento, el lobo no la devora de inmediato. La convence. La desvía. La espera.

Hay un saber antiguo en esas narraciones. El miedo más profundo es aquel que no sabemos si debemos tener. El sendero que transita entre emociones tan distantes como el miedo y la intimidad puede comparta tramos comunes. Intimar y temer, decía un filólogo, comparten una misma raíz: timeo, temer. De tal manera que quizá en su origen la intimidad y el miedo estaban unidos de alguna manera. Por suerte ahora tenemos los cuentos para entenderlo.

El lobo se viste de la abuela, del conocido, del rostro cotidiano.

Melanie Klein habló de este miedo temprano como angustia persecutoria. En los comienzos de la vida psíquica, el mundo se divide entre lo que protege y lo que persigue. Pero a veces, n estados primarios de desorganización, cuando esta no tiene nombre, cuando aún no hay lenguaje, no sabemos quién es quién. Las figuras se mezclan, y la confianza en esos estados se vuelve ambigua.

IV. El encantador que devora

En bastantes casos, «lo perverso» no se manifiesta como violencia directa, sino como una forma de seducción controladora, en la que el otro cree estar participando en una relación, cuando en realidad ya le ha sido asignado un papel. El lobo no pregunta a Caperucita para conocerla, sino para obtener la información necesaria para conducirla hacia una escena cuyo desenlace ya ha decidido. Caperucita no comparece para él como un sujeto con deseos propios, sino como una pieza dentro de su guion. El lobo no desea a Caperucita como sujeto, la reduce a objeto de su necesidad. La envuelve en una relación que parece dialógica, pero que está hecha para anular su diferencia.

En este sentido, lo perverso no consiste únicamente en utilizar al otro. Consiste en construir una escena en la que la diferencia o individualidad que es otra persona quede anulada. El otro puede hablar, elegir o incluso creer que decide, pero solo mientras sus movimientos permanezcan dentro de los límites previstos. Lo que no puede tolerarse es que introduzca algo verdaderamente nuevo, una negativa, una distancia, un deseo distinto o la posibilidad de marcharse.

Joël Dor lo plantea así, lo perverso no busca destruir al otro, sino capturarlo en una escena donde todo está guionizado. No hay verdadero encuentro, sino manipulación para negar la angustia de la pérdida o la diferencia.

¿Qué significa eso de negar la pérdida o la diferencia? Significa que, en la posición perversa, resulta difícil aceptar una realidad básica de cualquier relación. Que el otro es una persona separada, con deseos propios, y por tanto nunca puede estar completamente disponible ni ofrecer una satisfacción total y permanente. Que el otro puede fallar y eso no lo hace malo, o tóxico necesariamente.

Desmentir la falta significa afirmar esa falta- sabe que existe, no es una negación de la misma, no es que no la vea- pero comportarse como si esa limitación no existiera. Como si fuera posible construir una relación sin distancia, sin frustración ni ambivalencia, sin incertidumbre y sin riesgo de pérdida. Para sostener esa ilusión, el otro debe ocupar un lugar muy preciso, estar presente, responder de la manera esperada y confirmar continuamente la importancia o el poder de quien organiza la escena.

Por eso el otro no debe desaparecer, pero tampoco puede actuar con plena libertad. Si expresa un deseo diferente, pone un límite o amenaza con marcharse, rompe la ilusión de control. La relación deja entonces de ser un encuentro entre dos sujetos y se convierte en una escena en la que uno necesita que el otro cumpla una función.

En clínica, a veces aparece en relaciones donde uno de los dos establece reglas sutiles, encantadoras y al mismo tiempo inamovibles. Todo debe girar en torno a su mundo. Como el lobo, que ya tiene previsto el desenlace mucho antes de que Caperucita se acerque a la cama.

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V. La promesa ambigua y la caída de la idealización

¿Qué es una promesa para un niño? Una mirada sostenida. Una voz que dice “volveré”. Un gesto que se repite. Una rutina como aquella que establece el lazo de amistad entre el zorro y el principito.

Marina contaba que de niña le prometían cosas que no se cumplían, que vendrían por ella, que estarían presentes, que no se irían. Sin embargo las promesas eran un juego y no un vínculo. Su historia es un poco compleja.

Actualmente llevaba varios años vinculada a un hombre que entraba y salía de la relación continuamente. Después de cada alejamiento volvía con una llamada, una frase cariñosa o la insinuación de que, más adelante, quizá podrían estar juntos de otra manera. Nunca decía claramente que fueran una pareja, pero tampoco ponía fin a la relación.

Durante mucho tiempo, Marina entendió aquella indefinición como una señal de que entre ellos había algo especial. Tal vez, pensaba, lo que tenían era demasiado singular para encerrarlo en una palabra. Mientras hubiera «cuidado»pensaba, todo estaría bien- cuidado, esa palabra mágica que habían aprendido en los libros y que quizá era una defensa frente al daño, a la agresividad propia y ajena- Cuando intentaba saber qué lugar ocupaba en su vida, él le decía que poner etiquetas estropearía la relación, que debía disfrutar del presente o que su necesidad de aclararlo todo se debía a su inseguridad.

Parecía que ambos aceptaban la ambigüedad, pero no estaban en la misma posición. Él podía acercarse y alejarse cuando lo necesitaba. Marina, en cambio, quedaba pendiente de sus movimientos, intentando interpretar cada mensaje y cada silencio. Uno decidía el ritmo de la relación, la otra esperaba a saber qué significaba cada gesto.

Adam Phillips plantea en On Flirtation que el deseo necesita cierta indeterminación. Flirtear no significa necesariamente engañar ni esconder unas intenciones ya decididas. Puede ser una forma de dejar que el encuentro siga abierto, sin saber de antemano qué va a ocurrir, qué quiere exactamente cada uno o en qué podría convertirse la relación. No podemos saber de antemano todo nuestro deseo.

Pero para que esa ambigüedad tenga algo de juego debe existir para los dos. Ambos tienen que poder acercarse, retirarse, preguntar y cambiar de posición. No es lo mismo compartir una incertidumbre que dejar a alguien esperando indefinidamente.

En el caso de Marina, la falta de definición no abría posibilidades, sino que mantenía intacta una relación desigual. Él ofrecía lo suficiente para que ella no se marchase, pero no tanto como para que pudiera apoyarse en algo real.

Poco a poco, dejó de preguntarse qué quería ella de esa relación. Su atención estaba puesta en descubrir qué debía hacer para que él no volviera a alejarse. La incertidumbre, en lugar de alimentar el deseo, se había convertido en vigilancia.

La idealización empezó a caer cuando Marina pudo ver que la intensidad de lo que sentía no era necesariamente una prueba de la profundidad del vínculo. Parte de aquella intensidad nacía de la espera, de las desapariciones y de las promesas que nunca llegaban a concretarse. La relación no terminaba, pero tampoco avanzaba.

Sostener la ambigüedad del deseo supone aceptar que una relación no puede saberse ni controlarse por completo. Mantener a alguien en la ambigüedad es conservarlo a la espera sin asumir el compromiso de estar ni el riesgo de dejarlo marchar.

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VI. El bosque como escenario interior

MODIFICAR, Para Marina, cada relación abría el bosque. La confianza era un riesgo que no se atrevía a correr. Ya había sufrido bastantes palos. Prefería quedarse en el claro, sola, mirando los árboles de lejos. Donald Winnicott llamó a esta experiencia el miedo al derrumbe. Pero lo más paradójico, decía, es que ese derrumbe ya ha ocurrido. Lo que teme el paciente no es solo que el otro le falle, sino volver a sentir la caída de cuando ya falló.

Cuando el cuidado temprano falla, el miedo no tiene objeto. Es el aire mismo. Es el suelo que ya no está. Es una caída suspendida en el tiempo. Ese es el bosque, el lugar interno donde se teme confiar porque se teme revivir el hundimiento.

VII. La terapia como nuevo sendero

El bosque no es solo el lugar en el que uno se extravía. También es el lugar al que se vuelve. Algunos caminos se han vuelto tan familiares, e íntimos, que llegan a confundirse con la única forma posible de avanzar.

Marina había aprendido a esperar a partir de indicios mínimos, una llamada, un regreso, una escapada. Pero la espera no era únicamente pasividad. La terapia fue abriendo una pregunta incómoda. ¿Qué la llevaba a permanecer en escenas cuyo desarrollo ya conocía? La pregunta podía sonar como una acusación, especialmente para alguien habituada a sentirse responsable de las pérdidas. Sin embargo, también podía formularse de otro modo: ¿qué promesa seguía viva en esa repetición?, ¿qué posibilidad parecía conservarse mientras la relación no terminara de resolverse?

Mientras esperaba una respuesta del otro, quedaba en suspenso la pregunta por su propia posición. No es que careciera de voluntad, pero gran parte de su energía estaba comprometida en conseguir que aquella escena produjera, por fin, un desenlace diferente.

Reconocer esta participación, permitía descubrir que la repetición necesitaba también de sus esperas, de sus interpretaciones y de la renovada confianza que concedía a cada retorno. Allí donde antes solo parecía haber destino empezaba a aparecer una zona de intervención, un espacio intermedio entre el destino o su negación. En ese pequeño intervalo surgía una pregunta que antes apenas encontraba lugar: ¿qué estaba queriendo ella?

Cuando la repetición deja de presentarse como una fuerza completamente exterior y tampoco se convierte en una culpa privada que desborda completamente, comienza un nuevo tipo de libertad. Cuando una puede reconocer los caminos que la han formado sin quedar obligada a recorrerlos hasta el final.

El bosque continúa ahí. También la posibilidad de internarse en él. Pero allí donde durante mucho tiempo parecía abrirse un solo camino, empiezan a abrirse un jardín de senderos que se bifurcan.

Lecturas para quienes oyen crujir las ramas:

  • Melanie Klein. Notas sobre algunos mecanismos esquizoides (1946).
  • Donald Winnicott. El miedo al derrumbe (1974).
  • Adam Phillips. On Flirtation (1994).

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