
Así, estas arquitecturas no aparecen solo como espacios de no-clausura, sino como lugares vivos que aún no han sido cerrados por el saber. «Soñando arquitecturas, XII», 2025.
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Hay personas que cuando aman entran en una relación como quien entra en un contrato. No se trata de la versión burócrata de papel-tinta-notario, sino de algo más antiguo y más secreto. Una especie de acuerdo que se activa en el cuerpo, como una memoria urgente que no se recuerda ni se elabora del todo, pero que manda. Un pacto que establece una cláusula cerrada: si te quiero así, tú tendrás que quererme así. Y si eso no ocurre, si el otro sigue viviendo mientras uno queda suspendido en ese pacto, entonces no parece que haya fallado el amor, sino que se rompe algo más fundamental en el mundo.
Otras personas, en cambio, prefieren flirtear: probar, bordear, no sellar demasiado pronto. Adam Phillips, en su libro Flirtear, cuenta la historia de una mujer que no conocía esa forma más liviana de estar con el otro y que, cuando se enamora, desaparece dentro de él. No porque el otro la devore, sino porque ella entra, como quien cruza una frontera sin darse cuenta. Ama, y de pronto toda su vida gira alrededor de esa persona. El otro, mientras tanto, es vivido como alguien que continúa con la suya: se interesa, se alegra, se vincula, pero no queda «poseído». Esa asimetría sentida es devastadora: para ella la relación rompe la continuidad de su vida; para él, la enriquece. Y ella lo vive como una injusticia. Como si el destino le debiera algo.
Rosa, por ponerle un nombre a la mujer de la consulta, a esta sensación la llama «su mala suerte». La mala suerte es uno de esos conceptos que parecen explicarlo todo precisamente porque no explican nada. De tal manera que esconde otra historia que es la importante y está oculta o no elaborada.
En el consultorio donde ella habla hay un reloj pequeño sobre la mesa. Es un reloj corriente, no lleva ninguna cuenta especial, no tiene ningún mecanismo maravilloso, ni siquiera puede decirse que sea bonito. Pero se oye. Tic-tac, tic-tac, sin detenerse. A veces ella lo mira. No se da cuenta de que lo mira. Como si esperara que hiciera otra cosa. Que se detuviera. Que confirmara que, esta vez, el tiempo no va a pasar.
Phillips, mientras tanto, empieza a sentirse torpe. No confundido, exactamente, sino en falta. Como si hubiera entrado en una escena escrita por otros, donde no conoce las reglas. Ella habla de relaciones, de hombres, de abandonos, y él nota que algo se tensa: una exigencia muda, una espera que no es suya. A veces sale de las sesiones con la sensación imprecisa de haber decepcionado a alguien sin saber por qué, como si hubiera fallado en algo que no le fue dicho, como si estuviera siendo evaluado por una ley anterior a él.
Hasta que un día, sin esperarlo, se sorprende enredado en un pensamiento molesto: no puedo cumplir mi parte de este trato.
Pienso en el mito de Procris cuando leo esto. La mujer que amaba tanto a Céfalo que se disfrazó para ponerlo a prueba. Phillips no la menciona, pero está ahí, en esa escena donde alguien mira desde el bosque, juzgando por un pacto que nadie firmó. Él es Céfalo sin saberlo: mirado por alguien que no ve, acusado de una «infidelidad» que no ha cometido todavía.
Procris es la mujer que convirtió el bosque en un tribunal. Como no podía tolerar que el deseo tuviera su propio ritmo, quiso sorprender al amor en el acto de cambiar. Y como no podía tolerar esta incertidumbre acabó herida por quien más quería.
En esta escena de confusión me parece reconocer a Phillips, por un momento, como Céfalo en ese bosque: mirado por alguien que no ve, juzgado por un pacto que no firmó. Entonces lo entiendo: no es que esta mujer repita un patrón amoroso, es que convoca una escena mítica en la que el deseo del otro solo puede ser legítimo si es idéntico al suyo. Y si no lo es, se convierte en falta, en traición, en crimen.
Eso es lo que hacen estos contratos invisibles: no solo organizan el amor, organizan el mundo. Incluyen al terapeuta, al tiempo, al futuro, a cualquiera que se acerque.
Phillips se da cuenta —tarde— de que esta mujer no ama a los hombres tal como son. Ama algo que trae consigo desde antes. Ama según un guion. Cada vez que alguien le importa, sin saberlo, saca del pasado un contrato y lo coloca entre ambos. Un contrato que dice: yo me perderé en ti, tú me llevarás dentro. Pero el otro no lo ha firmado. Nunca lo ve. Y cuando no cumple lo que no prometió, ella siente que la han traicionado.
«Es como un tratado de paz firmado en secreto por un solo bando», dice ella. Y ahí, sin saberlo, dice la verdad. Porque lo que ella intenta no es amar a alguien. Lo que intenta es detener la degradación del tiempo.
Ese contrato inconsciente es una forma de hechizo. Un modo de decirle al futuro: no entres aquí. Un intento de sellar la relación como si fuera una habitación sin ventanas, donde no haya accidentes, ni cambios, ni pérdidas, donde el otro esté siempre, donde nada pueda pasar.
Pero el reloj sigue, y el tiempo no firma contratos.
Phillips acaba escuchando que el problema no es solo su relación con los hombres, sino su relación con el devenir: con la espera, con la posibilidad de que algo ocurra sin haber sido pactado. Para ella, el tiempo es un enemigo: siempre separa, siempre quita, siempre traiciona.
Por eso necesita obsesionarse. Por eso necesita que el otro esté tan obsesionado como ella: es su manera de mantenerlo a salvo del tiempo. En terapia, poco a poco, empieza a descubrir algo nuevo: que el futuro no es solo amenaza, que también es espacio, que no todo lo que no está firmado es peligro, que puede haber encuentros que no estén predeterminados por viejos pactos con la infancia.
No es que deje de amar. Es que deja de exigirle al amor que la salve del tiempo. Y eso es una forma muy profunda de duelo. Tal vez por eso esta historia nos toca tanto. Porque todos, de una manera u otra, hemos querido alguna vez que algo no termine, que alguien no se vaya, que una voz no se apague. Y hemos confundido ese deseo con amor.
Pero amar no es congelar. Amar es tolerar que algo ocurra. Que el otro tenga su tiempo. Que la vida no siga nuestro guion. Que el futuro no esté escrito.
El flirteo en Phillips no tiene nada de filosofía zen ni de autoayuda. Es algo más preciso y más perturbador: es la capacidad de sostener la incongruencia, de no resolver demasiado rápido quién es el otro, quién eres tú, qué significa esto. Phillips no está proponiendo una nueva forma de vivir las relaciones ni una ética «abierta» o progresista. Tampoco una invitación a fluir o a no comprometerse. Lo que llama flirteo no es un clima afectivo ni una virtud moral. Es una forma de conocimiento que implica una relación con la alteridad como algo que es otro. Un modo de acercarse al otro sin clausurarlo de antemano.
Lo que la devora es muy concreto: la necesidad de saber ya. Ella no puede sostener la ambigüedad. Convierte al otro en un personaje conocido —el que la va a abandonar, el que no la querrá suficiente— y ya no queda sorpresa posible. Todo ocurre en un solo tiempo: el de la fusión o la pérdida. Cuando el otro tiene su propio ritmo, ella lo vive como traición. El flirteo, en cambio, es poder quedarse en el todavía no sé qué eres para mí, ni yo para ti. Es permitir temporalidades distintas en simultáneo.
Phillips propone entonces el flirteo como lo opuesto a este contrato invisible. No el flirteo banal de la seducción, sino algo más hondo: la capacidad de estar con alguien sin convertirlo de inmediato en personaje de una historia que ya conocemos, sin clausurar el misterio antes de haberlo vivido.
La mujer del consultorio no puede flirtear en este sentido. En cuanto alguien le importa, ya sabe que terminará mal. El otro queda resuelto en la historia antes de empezar. Ya no es alguien con quien descubrir cosas, sino alguien a quien vigilar desde el bosque de Procris. Y así, otra vez la relación se convierte en tribunal.
El problema no es no comprometerse. El problema es comprometerse con una versión muerta del otro, con un guion donde ya no cabe nada nuevo. El problema es amar sin curiosidad, sin espacio para que el otro sea también un desconocido.
Y eso, tarde o temprano, mata lo único que hace posible el amor: la capacidad de sorprenderse.

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