El tránsito por la dependencia, la agresividad, el daño y la posibilidad de reparar.

No sé en qué momento empecé a sospechar que el cuidado también podía doler. Pongamos que llegó en una tarde inopinada, más como experiencia cruda que como pensamiento elaborado.
Durante mucho tiempo, pensé que cuidarse —y cuidar— era un acto de lucidez. Un gesto ético. Algo que nos alejaba del daño. De la brutalidad. Una forma, quizá, de resistencia. Lo sigo pensando, en parte. Pero también veo lo otro.
Me pasa con ciertas personas que admiro, por su capacidad de sostener, de estar disponibles, de saber qué decir en el momento justo. Supongo que representan para mí una imagen compensatoria de la vulnerabilidad que se siente en determinados momentos. O con pacientes que llegan con las palabras medidas, con la emoción doblada en partes simétricas. Escucho cómo cuidan, cómo organizan, cómo entienden… pero a veces siento en los senderos de todo eso que hay algo que se escapa. Un hueco. Un eco de algo no dicho. Algo que se desvía a otro lado.
Un día, en sesión, me sorprendí pensando que hay quienes cuidan como otros rezan. No por devoción, sino por miedo a lo que pasa cuando uno se deja de cuidar. Como si cuidar fuera un conjuro. Una forma de no volverse innecesario. De no molestar. De no quedarse solo.
Los buenos cuidados no siempre son amables
El discurso del cuidado ha ganado un lugar necesario. En lo político, en lo social, incluso en la clínica. Nombrar el cuidado fue, en muchos casos, una forma de decir: «nuestras vidas valen», «somos vulnerables», «necesitamos a otros». Sin esa afirmación, muchas vidas no habrían sido sostenidas.
Pero algo ocurre cuando una idea justa se vuelve identidad. Cuando pasa de ser una práctica situada a convertirse en una marca moral. Entonces se vuelve también una forma de orden. De distinción. Una técnica para regular la propia afectividad: cuido, luego existo. Me cuido, luego no incomodo. Te cuido, luego no me falles.
En ese punto el cuidado puede convertirse en una forma de gobierno íntimo. No el del Estado, sino el que regula desde dentro: qué se permite sentir, qué se permite decir, qué se debe callar para no ser una carga. Y, más sutil aún, en una manera de ejercer poder sobre los otros desde la bondad. Cuidar no tanto para encontrarse, sino para no depender. Para no odiar. Para no envidiar. Para no necesitar.
En la clínica, esto aparece muchas veces. Y no como algo patológico, sino como un modo aprendido de habitar el mundo. Creativo en su momento, pero una especie de fósil en el presente.
Viñeta clínica: una vida organizada alrededor del cuidado
L. no decía nunca que estaba cansada. Y cuando lo decía, ya era tarde. En su casa de infancia, el cansancio era una lengua muda que hablaban todos sin aprenderla. La madre siempre llegaba tarde. Siempre un poco más allá de sí misma. El padre era una figura borrosa, más presente en la obligación que en el cuerpo. L. aprendió a prever, a no interrumpir, a colocar los cubiertos antes de que hiciera falta.
Cuidar puede que no fuera una elección del todo consciente. Fue una forma de estar. Una manera de no hacer ruido. De adulta, L. era la persona que todos llamaban cuando había algún problema. Tenía esa voz que calma. Ese gesto que organiza. Sabía cómo poner las palabras donde no las había. Pero cuando hablaba de sí misma, lo hacía como quien cuenta el tiempo que va a hacer mañana. Sin temperatura.
En sesión, me daba cuenta de que hablaba como vivía: con cuidado. Y yo, sin notarlo, también me acomodaba a esa forma suya de estar. Nos íbamos entendiendo sin herirnos, sin tocar lo problemático demasiado que yacía un poco aparte (¿por fin un lugar de la casa desordenada?).
Hasta que una tarde, L. trajo una escena: había estado semanas sosteniendo a una amiga en crisis. Mensajes, llamadas, escucha. Y cuando ella necesitó algo, la amiga no respondió.
—No debería molestarme —dijo—. Bastante tiene.
No le dije nada enseguida. Solo devolví su frase, suavemente:
—¿No debería molestarte?
Se quedó en silencio. Luego, con un tono casi ácido:
—Pero me molesta.
No era exactamente la rabia lo que la inquietaba. Era descubrir que había esperado algo. Esperar la colocaba en un lugar que no reconocía como propio. Un lugar donde ya no era solo la que cuida, sino alguien que necesita, que reclama. Le obligaba a verse en el espejo de alguien que alberga más que sentimientos buenos. Aparecía algo de sí misma innombrable y molesto.
Durante mucho tiempo, cuidar había sido para L. una forma de no hacer daño. Ahora empezaba a ver que también había sido una forma de no experimentar ciertos afectos insoportables. Mientras cuidaba, no tenía que confrontar la posibilidad de odiar, de envidiar, de exigir, de experimentar la hostilidad inevitable en todo vínculo. Había algo de esa manera de estar con el otro que no podía permitirse. Así que escondía los platos sucios en algún lugar oscuro de su alma para que pasaran desapercibidos.
Pero aquel día algo cambió. No hubo una revelación. Solo un leve desplazamiento. Una grieta en la identidad de «la que cuida». Apareció una mujer que sentía cosas no del todo nobles. Aparecía como injusta a veces. Una mujer que podía necesitar más de lo que decía. Que podía odiar, incluso. No mucho. Pero lo suficiente. Y esto era un problema.
Yo también tuve que reconocer algo, que sin querer se estaba negando en consulta. Su manera de hablar me facilitaba el trabajo. Me permitía comprenderla sin poner en juego mis propios límites. Su cuidado encontraba eco en mi forma de escuchar. Quizá había aflorado algo de omnipotencia en mi forma de estar de la manera más inopinada: el trabajo bien hecho, el cuidado del otro. ¿Aparecía yo como un espejo de ella misma?
La relación empezó a cambiar cuando ninguno de los dos pudo sostener del todo ese acuerdo silencioso. Las sesiones se volvieron más torpes. L. dudaba más. Yo intervenía con menos seguridad. No había una verdad nueva. Pero estaba empezando a emerger una exposición nueva, una nueva forma del vínculo.
A veces, al final de la sesión, L. se quedaba en silencio y no llenaba ese hueco con explicaciones. Yo tampoco. Ya no había que hacer que todo encajara. A veces salía sin una frase que cerrara. Sin una idea para ordenar lo que sentía. Y quizás, por primera vez, eso no le hacía sentir que había fallado.
No era un cambio grande. Era solo eso: empezar a ver que cuidar tanto también había sido una forma de no ver al otro del todo. Y que tal vez, sin dejar de cuidar, podía empezar a reparar algo de eso.
Y a mí, ese espacio nuevo, también me obligaba a estar distinto. Más torpe. Más expuesto. Más en relación. Quizá ahí había una pizca de mutualidad en tanto ninguno de los dos puede seguir siendo quien creía que era, y aún así el vínculo se sostiene.
El cuidado como elección. Jardín de senderos que se bifurcan
L. no eligió cuidar. Pero sí eligió—aunque fuera sin saberlo—quedarse en ese lugar. Porque cuidar la protegía. De la decepción. De la rabia. De tener que depender de alguien que podía no estar.
No es que L. sea víctima de su historia. Es que encontró una forma de habitarla que funcionó durante años. Y esa forma tenía un costo: no poder esperar nada sin sentir que molestaba, sin sentir frustración por esperar, o quizá un temor incluso más arcaico.
Aquí es donde la mirada clínica se vuelve incómoda. Porque reconocer que alguien usa su propio cuidado—aunque sea inconscientemente—no es culpabilizarlo. Es devolverle agencia. Es decir: esto que haces tiene una función. Te sirve para algo. Y si te sirve, también puedes dejarlo de hacer. O hacerlo de otro modo.
La psicología contemporánea suele caer en una trampa: convertir todo dolor en daño recibido. Y ahí el sujeto queda fijado como efecto de lo que le pasó. Sin responsabilidad sobre cómo responde a eso. Sin capacidad de modificar nada.
Pero L. no es solo lo que le pasó. Es también lo que hizo con eso. Y eso—aunque suene duro—es lo que la vuelve capaz de cambiar, de escoger entre la multiplicidad de los senderos.
La dificultad de la mutualidad
Mutualidad es una palabra extraña. Casi nadie la usa fuera de los libros. Pero en la práctica, nombra algo muy real. Y muy difícil: un tipo de relación que no se ordena jerárquicamente, ni como trueque emocional. Una relación sin roles fijos. Sin etiquetas definitivas. Una relación donde el otro no es solo alguien a quien sostener, ni de quien obtener algo. Es alguien que puede afectarme. De verdad. Sin permiso.
La mutualidad no es ser más sabios ni más amables. Es exponerse. Es ver cómo el otro deja de encajar en nuestra idea de lo que debería ser. Y aun así quedarse. Es aceptar que incluso cuidando, uno puede hacer daño. Y que reparar ese daño implica reconocerlo, sin aferrarse a la bondad como coartada.
No elegimos cómo nos vinculamos. Heredamos gestos, formas, ansiedades. Aprendimos a amar según pudimos. Según supimos. Según nos dejaron. Pero, a veces, algo se desvía. Algo no encaja como antes. Y no es una decisión, ni una revelación. Es una pequeña infidelidad a lo conocido.
A veces la terapia no ofrece respuestas nuevas. Solo una escena distinta: un temblor en la carne. Un modo de estar donde cuidar ya no protege de todo. Donde uno puede seguir equivocándose, molestando, necesitando mal.
L. sigue cuidando. Pero ahora sabe que eso no la vuelve buena. Ni imprescindible. Ni a salvo. Y quizá eso sea suficiente.

Deja un comentario