
6-7 minutos de lectura.
La primera vez que Marta dijo que el silencio le dolía, el reloj del pasillo marcaba casi la hora del cierre. Había hablado mucho —palabras apretadas unas contra otras como teselas de cerámica—, pero cuando se calló, fue como si el aire cambiara de peso.
—Es cuando salgo de aquí —dijo— que el malestar se me va agolpando de manera silenciosa en algún lugar y no sé en cuál. La frase se quedó flotando en la levedad del aire.
A veces lo que ocurre en terapia va pasando poco a poco en la vida. Cuando uno cree que ya se ha ido. Algo por dentro sigue masticando lo vivido, como si el cuerpo ensayara una frase que aún no existe para ese cuerpo. Sigues con tu café, el transporte, las llamadas, y hay algo, una arista mínima, que roza donde las cosas no acababan de encajar. Abre una arista en el vacío.
Marta decía que esperaba la consulta como se espera un avión: con prisa, con miedo a que no llegue. En los días entre sesiones se sentía hueca, como si hubiera dejado algo en la consulta, y que de vez en cuando le asaltaban ganas de enviar un WhatsApp, no sabía muy bien por qué. Otras veces también tenía miedo a venir, aunque finalmente me decía que le compensaba. Simplemente no sabia de dónde venía esa sensación.
Cuando la terapia empezó a consolidarse, me dijo que empezó a notar otra cosa: que el hueco también sostenía. Como en un cuento cortazariano, empezó a cobrar un significado, a personificarse. Era algo que no lo había sentido nunca. El hueco era pensable, habitable.
Cada persona llega con su modo de amar, de temer, de agarrarse o soltar. Y ese modo se cuela en el vínculo, disimulado: en la forma de hablar, de mirar, de probar la terapia, al terapeuta. Algunos se adelantan al rechazo, otros se vuelven impecables para no perder el afecto, algunos atacan solo para comprobar si el otro aguanta.
En terapia, todo eso vuelve. No como recuerdo ordenado, sino como resto, como eco, como una escena que se cuela sin pedir permiso en el presente del vínculo. Pero aquí hay alguien que intenta comprender qué está ocurriendo ahí y hacer partícipe a la persona de ese intento.
En la quietud, en el no responder de inmediato, se abre una grieta. No es abandono: es una espera activa. Es un intento de crear una matriz para el pensamiento, un andamiaje donde lo sabido no pensado pueda empezar a tomar forma. También es un modo somático de atención, dos cuerpos practicando juntos una escucha para saber qué pasa antes de intervenir.
Y por esa grieta entra una posibilidad: una entrada curiosa al mundo interno y singular de cada paciente. Por eso lo primero es observar.
Muchas veces en consulta, por defecto, el impulso es calmar, ayudar, reparar de inmediato. Y aunque ese sea, en parte, el contrato explícito de la terapia —y también lo que suele esperarse con urgencia: la cura, el phármakon—, es necesario proceder con cautela. Las demandas que tenemos las personas son a menudo contradictorias. Al intentar calmar demasiado rápido, se corre el riesgo de arrebatarle al sujeto algo que es suyo: su propio modo de sentir, de elaborar, de apropiarse de lo que le ocurre.
—Usted no dice nada —me lanzó un día como quien esgrime un estilete, con la rabia exacta de quien teme no importar, y espera confirmar sus peores miedos. La vi esperar mi respuesta como se espera una condena.
Le dije tan despacio como pude en ese momento:
—Quizá lo que le duele no es que yo no diga nada, sino que no diga lo que usted espera oír.
No era una interpretación, era un intento de poner un reflejo enfrente de algo que de alguna manera era una imagen repetida, pero que no sabia que impacto tenía. Por un momento se quedó quieta, sin saber si responder o marcharse. Viejas escenas que vuelven con otros ropajes, reconociendo el camino.
El terapeuta no es faro ni muro. Idealmente dicen algunos, es alguien que se deja afectar sin desaparecer. Idealmente es alguien que se deja afectar sin perderse, sin llevar a cabo la dinámicas implícitas en la relación que la persona expone, y puede devolverlas de una manera que permita pensarse en sesión, de tal manera que esa persona pueda cambiar esas dinámicas. A veces basta una respiración, un roce de voz, algo que no se oye pero hace sitio. No se trata de consolar, sino de quedarse.
En ese estar torpe, humano, el paciente empieza a sentir sin esconderse. Y el dolor, que antes mordía, ahora solo avisa.
Tiempo después una tarde de lluvia recordé los bancos del Park Güell. Gaudí llenaba las curvas con fragmentos rotos de cerámica, restos de lo que había sido otra cosa. La terapia se parece a eso: no busca simetría, sino ensamblar los pedazos sin borrar sus bordes.
Lo que cura no es unirlos, sino dejarlos hablar entre sí. La estructura más fuerte es la que respeta la lógica de lo vivo. En clínica también: crece sola, buscando huecos, como esas ramas que doblan el cuello hasta encontrar un rayo de sol.
No se trata de imponer una forma, sino de permitir que algo tome forma desde lo que ya está ahí. Quizá la terapia, cuando de verdad trabaja, funcione así.
A veces la gente viene buscando un plano, un truco que enderece el alma. Pero el alma no se endereza: se curva. Como esa historia de el junco pascaliano que me recuerda de tanto en tanto mi amigo Brais, como quien teme que yo olvide el relato. El deseo de orden y de corrección es tan moderno como la ansiedad.
Queremos control, pero secretamente anhelamos algo que no pueda calcularse. Gaudí también vivía ahí: entre el hierro, el cristal y la fe. Esta es la imagen del espíritu del modernismo que se ve en el Palau Güell. Quizá también la terapia sea uno de los pocos lugares donde esa reconciliación sigue intentando crecer: entre la técnica y el temblor, entre el cálculo y el misterio. En esa dualidad temblorosa de lo que emerge convulso y misterioso de una vida.
Con el tiempo, Marta empezó a respirar distinto. Ya no hablaba como si tuviera que defenderse. Un día dijo que había discutido con su pareja y no se fue. “Me quedé. No pasó nada.”
Esa frase, sin adorno, pesaba como un descubrimiento. Había aprendido a quedarse sin romperse ni borrar al otro.
El cambio no llega como revelación, sino como una grieta que deja pasar aire. No pasa nada extraordinario, solo que el aire cabe. El síntoma sigue ahí, a veces, pero respira. Ya no necesita proteger lo que ya está a salvo.
También el psicólogo cambia. A veces uno sale de la sesión con la sensación de haber tocado algo que no tiene nombre. El psicólogo también debe transformarse en el vínculo. O se pasa por él, o se queda uno dentro.
Un día, al final de la sesión, Marta dijo:
—Cuando estoy sola, ya no siento el hueco. No porque se haya ido, sino porque ahora sé dónde está.
Sonrió sin alivio ni tristeza, solo con una calma nueva. Ya no necesitaba que el otro estuviera para saber que el vínculo seguía vivo.
Tal vez eso sea una parte importante de la terapia: aprender a mirar lo que falta hasta que deje de asustar. Como el trencadís de Gaudí, piezas rotas que, al juntarse, inventan otra forma de belleza, quizá la terapia consista en eso también: aprender a mirar lo que falta hasta que deje de angustiar.

Deja un comentario