El idioma prestado

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Figura surrealista con cráneo de ave y traje de buceo al borde de un paisaje onírico, en la obra The Oneiroscopist de Edith Rimmington (1947)
The Oneiroscopist (1947), Edith Rimmington. surrealism.website – Rimmington
El Oneiroscopista, el que observa los sueños. La criatura pájaro-humana mira hacia dentro desde las nubes. El traje de buceo yace a su lado, medida y protección al borde del abismo. No hay cabeza humana que explique todo, solo ojos invisibles tras el cráneo, un silencio expectante, el rumor de los libros, un sueño todavía no soñado.

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Patricia llega envuelta en un discurso. No trae síntomas, trae conceptos. Dice: “Yo soy de apego ansioso, tengo un superyó castigador, y patrones de dependencia emocional. Me lo han dicho. Lo he leído…” Habla como si ya hubiera hecho el duelo por su historia y la estuviera narrando desde la tarima de una conferencia. Pero algo en su tono traiciona el control: una respiración que se acelera cuando dice “mi madre”, un parpadeo que tropieza con los nombres propios.

Yo escucho, claro. Pero no me apuro, todavía no acabo de saber qué está pasando. Pero sé que a veces el relato llega antes que la experiencia. Y otras veces la experiencia llega disfrazada de relato. Lo pienso días después, en una conversación con el artista Sito Mújica. Hablamos de la apropiación, de cómo incluso los originales están llenos de citas «sin comillas».

—¿Y si todo lo verdaderamente original es una forma secreta de apropiación? , ¿Cuántas copias hacen falta para crear un original? ¿En qué momento aquello de lo que tomamos prestado pasa a ser nuestro, es decir, apropiado de verdad, pasando a formar parte del idioma particular?

Me acuerdo entonces de Borges, de Pierre Menard, autor del Quijote. De cómo repetir palabra por palabra lo que escribió Cervantes puede, en otro cuerpo, en otro tiempo, decir otra cosa. Pero para eso quizá hay que encarnar el Qujote.

En psicoterapia, pasa igual. Hay pacientes que traen el Quijote ya escrito.Pero todavía no han vivido lo que dice. Y hay psicólogos que creen haberlo leído todo.

Ella habla en «lengua psicología». No en la suya, en la de los libros. Dice “límite” cuando quiere decir “no me dejes”. Dice “defensa” cuando quiere decir “miedo”.
Dice “vínculo tóxico” cuando quiere decir “era lo único que tenía”. Y yo, que también tengo palabras como armas y muletas, estoy tentado de responder en el mismo idioma. De hacerle un resumen ejecutivo de su historia. Pero algo en mí resiste- afortunadamente.

Casement me susurra desde algún rincón: ¿Estás escuchando a la paciente o al guión que construiste sobre ella? Me doy cuenta de que hay una colusión suave.
Ella habla con voz ajena. Yo la escucho como si fuera propia. Y así, nos protegemos ambos del llanto interrumpido, de aquello en lo que realmente hace falta centrarse.

Una tarde, lo rompe todo sin saberlo.
Llega, se sienta y dice:

—Soñé que usted me decía que ya sabía lo que me pasaba.
Y que no hacía falta que viniera más.

Lo dice rápido, como si no quisiera habitar la frase. Pero en ese momento, algo se cuela entre las grietas. Una reverie se despliega en mí: no es su sueño, es nuestro. Es el vínculo hablando por ella ¿ Qué es lo que me trae la paciente con esto de lo que no me he dado cuenta?

Como en la película Creatura, hay cuerpos que sueñan antes que las palabras, o que buscan un lenguaje para el que aún no existe gramática. Cuerpos que recuerdan o repiten lo que la mente todavía no puede nombrar. Ese es el lugar de la ensoñación o de la función reverie, que en la psicoterapia puede encarnar el terapeuta, y en la película, como plantea Andrés Sampayo en un artículo sobre la misma, lo encarna el propio cine.

Y ese rincón de mi consulta, a veces, es el silencio. No respondo de inmediato.Dejo que el sueño haga eco. Que se asiente como un animal cansado.

—¿Y tú qué sentías en el sueño?

Se encoge de hombros. Mira hacia la ventana.
Fuera, llueve despacio.

—Sentía…
(Pausa. Traga saliva.)
—Sentía que me estaba engañando.
Que si ya sabía todo, entonces por qué me seguía sintiendo así.

Ahí está. La grieta.El hilo suelto del discurso bien armado. El saber que no alcanza. La teoría que no salva. Ese momento no se puede diagnosticar. No entra en un manual. Pero tiene el peso de lo verdadero.

Por primera vez no intenta explicarse. Solo se queda con su pregunta, abierta como una herida que ya no sangra, pero arde. Hay que aprender a amar las preguntas decía Yalom.

Desde entonces, algo cambia. No es visible de inmediato. Sigue usando palabras prestadas, claro. Pero ahora hay pausas. Hay frases que no termina. Y en esas interrupciones, aparece su idioma. Un potencial de transformación, de decir por una misma.

Un tartamudeo. Un “no sé” dicho con voz temblorosa. Una anécdota sin moraleja. Una metáfora que no viene de los libros, sino de su infancia, de un juego con piedras, de un olor que ya no recuerda.

A veces me cuenta algo y luego se queda en silencio.No sé por qué dije eso, me dice. Y una parte de mí sonríe, quizá porque intuye que ese “no sé” es más suyo que todo el saber que trajo al principio, y nos va a ayudar. No todo es saber, y a veces cierto saber lo que nos pasa, que se hace con palabras que circulan socialmente, actúa más bien como protección contra algo más íntimo.

No todo es saber, lo decía también el gorrión, que la miraba desde el alféizar el día que no pudo llorar.

El gorrión, aquel del nevermore que ahora acecha a un pintor, en sueños. Gorrión vestido de cuervos para que pinte. En un idioma propio.

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