Medea: el deseo que ama y destruye

Published by

on


I. El grito de Medea

Cuando Jasón la traicionó, Medea no lloró. Al menos no al principio. Contemplo el vacío que dejaba su partida y sintió ese otro deseo que a veces brota en las entrañas del amor herido: el deseo de herir, de arrasar, de devolver el vacío multiplicado.

Eurípides nos la muestra, temblorosa, desgarrada, pero lúcida:

El dolor cuando es nuevo es un fuego; pero el dolor cuando arde largo tiempo es hielo, afilado y puro.

Medea no soportó perderlo. No soportó ser abandonada. El deseo, al quedar despojado de su objeto, se volvió furia. Y en su furia arrasó no solo al hombre que la traicionó, sino también a sus propia descendencia.


II. El deseo como vínculo de amor-odio

Medea es la encarnación del amor absoluto convertido en odio absoluto. Esto, en la clínica, tiene muchos rostros. Lucía, paciente de cuarenta años, lo decía así:

—No puedo soportar que me deje. Si lo hace, lo destruiré. Lo arruinaré ante todos.

Su relación de pareja oscilaba entre momentos de fusión pasional y explosiones de ira. No toleraba la distancia. No aceptaba las dudas del otro.

Otto Kernberg, en Relaciones amorosas (1995), describe esta estructura como característica de los vínculos borderline:

“La idealización extrema del objeto amoroso está siempre al borde de volverse devaluación extrema.”

El deseo amoroso no es aquí la búsqueda de bienestar mutuo, sino la necesidad desesperada de control total sobre el objeto amado. Cuando éste amenaza con irse, la angustia de abandono muta en hostilidad feroz.


III. El deseo que no tolera la separación

Melanie Klein se sirve del concepto de posición esquizo-paranoide para explicarlo teóricamente: en los estadios tempranos del desarrollo, el objeto amado y el objeto odiado no son integrados; son extremos que oscilan violentamente. «El pecho de la madre» que a veces frustra y otras veces satisface no es integrado en su dualidad por el bebé. Para la mente del bebé no puede ser el mismo pecho.

Lucía no podía integrar la ambivalencia. Cuando sentía amada a su pareja, era su salvación. Cuando lo sentía distante, se convertía en su enemigo.

Medea, en su tragedia, no podía aceptar que Jasón fuese a la vez padre de sus hijos y traidor. Por eso los mata: porque no puede soportar el recordatorio de la unión perdida.

Christopher Bollas hablaba de ese “odio amante”, donde el deseo no desaparece con el rechazo, sino que se retuerce, se contamina, se vuelve deseo de herir a quien aún se ama. Una transmutación o una mutación en el amor podríamos pensar, y es irreconocible para la persona. Ese odio destruye para estar cerca, para poseer al otro.

Thomas Ogden diría que, en estos vínculos, uno proyecta en el otro lo intolerable de sí mismo: Lucía no soportaba su dependencia, su fragilidad. Por eso necesitaba hacer sentir culpable a su pareja, como si él llevara el monstruo que en realidad temía dentro.

Bion por su parte usa el concepto de “ataque al vínculo” para pensar esto: cuando estar con el otro implica tanta angustia, que la relación misma se vuelve un blanco de ataque.

Medea no sólo odia a Jasón: odia lo que él hace brotar en ella. Y en ese odio, destruye también el lazo.


IV. El deseo y la pasión destructiva

Kernberg señala que estas pasiones amorosas destructivas no son falta de amor, sino formas patológicas de amor fusionante. El deseo aquí busca:

  • Fusión total (sin autonomía para el otro).
  • Control absoluto (como defensa contra el abandono).
  • Destrucción del otro cuando amenaza la separación.

Como dice en Severe Personality Disorders (1984):

“La incapacidad para tolerar la ambivalencia conduce a relaciones intensas pero inestables, donde el objeto es idealizado o demonizado en un ciclo interminable.”


V. La cura como integración del deseo ambivalente

El trabajo con Lucía fue, ante todo, un trabajo de integración psíquica. Reconocer que puede amar a alguien que no siempre la ama como ella quiere. Sostener el dolor de no ser la única fuente de vida del otro. Aceptar que el deseo no puede garantizar la permanencia del otro.

En palabras de Adam Phillips (Monogamy, 1996):

“El amor adulto es la aceptación de que el otro siempre puede abandonarnos.”

La psicoterapia no busca apagar el deseo, sino hacerlo habitable. Desear sin devorar. Amar sin destruir.


VI. Epílogo: Medea en nosotros

Medea no es sólo un personaje antiguo. Vive en esa zona psíquica donde el amor más profundo puede transformarse, si no lo sostenemos, en su reverso exacto. El deseo absoluto es siempre peligroso. Pero reconocer su sombra es el primer paso para no convertirnos en su instrumento.


Lecturas para quien ose bajar al reino de Medea:

Bion, W. R. (1959). Ataques al vínculo. En Segundo grupo de trabajos psicoanalíticos (pp. 88–102). Buenos Aires: Paidós.

Bollas, C. (1987). The shadow of the object: Psychoanalysis of the unthought known. London: Free Association Books.

Carson, A. (2006). Grief Lessons: Four Plays by Euripides. New York: New York Review Books.

Eurípides. (1999). Medea (trans. Luis Gil). Madrid: Gredos.

Kernberg, O. F. (1984). Trastornos graves de la personalidad: Estrategias psicoterapéuticas. Barcelona: Paidós.

Kernberg, O. F. (1995). Relaciones amorosas: Normalidad y patología. Barcelona: Paidós.

Klein, M. (1957). Envidia y gratitud y otros ensayos. Buenos Aires: Paidós.

Ogden, T. H. (1992). La subjetividad y el analista: Perspectivas psicoanalíticas intersubjetivas. Buenos Aires: Amorrortu.

Phillips, A. (1996). Monogamy. New York: Pantheon Books.

Deja un comentario