
I. El muchacho que no pudo apartar la mirada
En el claro del bosque, junto al agua inmóvil, Narciso inclinó su rostro.Lo que vio no fue el agua. Lo que vio fue el enigma. El enigma de su propio rostro.
Su imagen, devuelta con precisión insensible, le ofrecía algo imposible: ser visto sin ser tocado, ser amado sin ser poseído, ser deseado sin el riesgo de la pérdida. Es el deseo que se cierra sobre sí mismo, como un anillo sin fisura.
Ovidio, en las Metamorfosis, le da la voz exacta:
“Yo te amo —¿pero quién eres tú?”
El deseo narcisista es esto: la fascinación de uno mismo como si fuera un otro inalcanzable. No es el puro amor propio; es el vértigo extasiado ante la posibilidad de ser, por fin, completo, sin falta, sin vacío.
II. El espejo que devuelve lo que uno no puede sostener
En la clínica, el eco de Narciso cobra diferentes rostros.
Camilo, paciente de treinta años, llegó un jueves de lluvia. Trabajaba en marketing digital, dominaba el lenguaje de las redes, las métricas, los algoritmos del deseo ajeno. Pero en su relato íntimo surgía un vacío:
—Cuando me va bien, siento que debería irme aún mejor. No sé disfrutar lo que consigo. Es como si siempre estuviera un poco detrás de mí mismo.
Su vida giraba en torno a optimizar su imagen: el perfil público, las fotos editadas, el discurso calculado. Pero cuanto más perfeccionaba la imagen, había algo que quedaba fuera, más lejana le parecía su propia experiencia.
Narciso no muere por amarse. Muere por no poder separarse de su reflejo idealizado. Efigie o enigma precioso que borra una falta.
III. El deseo de completud imposible
Freud explicó que, al principio de la vida, la persona aprende a quererse a sí misma porque todavía no existen claramente los demás como algo separado. Es un primer modo de organizar el afecto: el niño se convierte en su propio centro de amor.
Pero ese estado no dura. Cuando los otros —los seres queridos, las personas importantes— empiezan a tener un papel real, esa especie de equilibrio interior se rompe. Por eso, el deseo narcisista adulto no busca amar, sino restablecer la perfección perdida. Quiere completud, no vínculo. Y esta es una sensación puede tener a veces en las relaciones sociales con estos patrones de personalidad.
Lacan, lo ubica en el estadio del espejo, que es el estadio en el que necesitamos vernos reflejados en el otro para llegar a uno mismo. Aunque aquí el yo se constituye al verse desde fuera, como una imagen idealizada. El sujeto se enamora de su propia imagen alienada. Por eso el deseo no es puro autoamor: es deseo mediado por el reconocimiento.
Otro autor, Christopher Lasch, en La cultura del narcisismo (1979), ve en la sociedad contemporánea —redes sociales, self branding, identidades mercantilizadas— una amplificación de ese mito antiguo: buscamos ser deseados más que amar. Y quizá este sea parte del éxito de las redes en una sociedad desafiliada. El apoyo social, a veces inexistente, la perturbadora soledad, en esta fase del capitalismo tardío se suple con una idea un tanto adulterada del reconocimiento.
IV. El deseo como fascinación del propio vacío
Camilo decía:
—Hay días en que me siento como si me mirara desde fuera. Todo funciona, pero no me toca.
Winnicott hablaría aquí del falso self: una adaptación en las relaciones que mantiene la imagen que fue creada, pero disocia la vivencia subjetiva, lo que pueda haber de verdadero en uno mismo.
Anne Carson, en su ensayo-poema Nox (2010), mientras vela la muerte de su hermano, escribe:
“El yo no es una cosa. Es un hueco donde el deseo pasa.”
Narciso no cae por exceso de amor propio. Cae por la imposibilidad de encarnar su propio deseo.
V. La cura como retorno al otro
El trabajo con Camilo no consistió en destruir su imagen, sino en abrir la posibilidad de escuchar lo que había detrás de ella. ¿Qué miedo sostenía esa necesidad de perfección? ¿Qué anhelos eran exiliados bajo la perfección?
La psicoterapia no desactiva el deseo narcisista, pero puede redirigirlo hacia el encuentro genuino con el otro. Como escribió Kohut, el narcisismo maduro integra la necesidad de reconocimiento sin perder la capacidad de empatía.
Camilo comenzó, lentamente, a sostener momentos de espontaneidad no calculada. A permitir el error. A sentirse vivo más allá del resultado.
El espejo seguía ahí. Pero ya no dictaba su respiración.
VI. Epílogo: El reflejo que libera
Narciso, en el fondo, nunca supo que aquello era él. La tragedia fue confundir la imagen con el ser.
Nosotros, al desear, navegamos ese mismo borde: queremos ser amados, queremos ser vistos, queremos existir para el otro sin perder lo que somos.
El deseo narcisista no es un fallo. Es la nostalgia estructural por un imposible: ser completos sin depender. Acaso es posible amar sin riesgo? Sin perderse? Sin el abismo que nos devuelve a ese momento infantil en que dependemos de otro? La terapia no lo elimina, pero enseña a vivir sin ahogarse frente al espejo deformante.
🌱 Lecturas para los caminantes del espejo:
- Ovidio. Metamorfosis.
- Sigmund Freud. Introducción al narcisismo (1914).
- Donald Winnicott. El falso self (1965).
- Heinz Kohut. The Analysis of the Self (1971).
- Christopher Lasch. La cultura del narcisismo (1979).
- Anne Carson. Nox (2010).

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