Dinámicas Narcisistas en Parejas: Un Análisis Profundo

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Pareja en conflicto emocional en su hogar, reflejando la necesidad de terapia de pareja en Santiago de Compostela para mejorar la comunicación y fortalecer la relación.

Algunos estudios sugieren que las dinámicas en parejas donde hay rasgos narcisistas, las dinámicas pueden ser más complejas de lo que aparentan. Algunas parejas se esfuerzan en construir una imagen pública en la que todo parece armonioso y lleno de satisfacción mutua, cuando en realidad esconden conflictos no resueltos. En otros casos, la relación se basa en una explotación silenciosa en la que uno de los miembros parece aprovecharse del otro, sin que ninguno de los dos sea plenamente consciente de lo que ocurre.

A menudo se cree que este tipo de vínculos siguen un esquema predecible, donde hay un narcisista dominante y un compañero sumiso que acepta pasivamente su rol. Sin embargo, el psicoanálisis muestra que estos papeles no siempre están tan definidos. En muchas ocasiones, cada uno proyecta en el otro aspectos propios que no reconoce en sí mismo, lo que genera una confusión en la percepción de quién domina y quién es la víctima.

Por ejemplo, un esposo que parece distante y egocéntrico puede estar reaccionando a la actitud de su esposa, quien sin darse cuenta lo empuja a asumir ese rol al proyectar en él su propia agresividad o frustración. En estos casos, el problema no radica solo en el comportamiento de uno, sino en una dinámica compartida que se alimenta mutuamente. Esto demuestra que para entender realmente las dificultades en una pareja, es necesario mirar más allá de lo evidente y analizar los procesos inconscientes que moldean la relación. ( Kernberg,98)

A continuación un relato ficticio para dar cuenta de estas dinámicas:

“El Orden del Caos”

Cuando Gabriel conoció a Laura, se sintió fascinado por su calidez y su desorden encantador. Había algo en ella que le resultaba liberador, una ligereza con la que navegaba por la vida sin el peso constante de las reglas y la obsesión por la limpieza que habían marcado su infancia. Su madre, una mujer ansiosa y meticulosa hasta el extremo, había llenado su niñez con advertencias sobre gérmenes, con una insistencia obsesiva en el orden y el control. Su padre, en cambio, era una presencia amable pero pasiva, que nunca discutía y dejaba que su esposa dirigiera todo. Gabriel había crecido en ese equilibrio de control materno y sumisión paterna, sin atreverse a desafiar el sistema.

Laura, por otro lado, había crecido en el caos. Su madre, dominante pero desorganizada, oscilaba entre el descuido y la imposición de su voluntad sin lógica aparente. Su padre era un hombre tierno, pero ausente, un refugio ocasional que nunca estaba el tiempo suficiente para ofrecer estabilidad. Cuando conoció a Gabriel, su precisión y su sentido del orden le parecieron un alivio. Por primera vez, sentía que alguien podía ofrecerle estructura, una brújula en medio de su tendencia natural al desorden.

Se casaron con la sensación de haber encontrado en el otro el complemento perfecto. Pero los años fueron desgastando esa armonía inicial.

Lo que al principio era una diferencia encantadora pronto se convirtió en un campo de batalla. Gabriel se ponía cada vez más rígido con la limpieza, molesto por los platos sin lavar, las toallas mal dobladas, los cajones que Laura dejaba abiertos sin darse cuenta. Lo que antes le parecía espontaneidad, ahora le resultaba una provocación deliberada. Por su parte, Laura comenzó a sentir que cualquier movimiento suyo era motivo de crítica. Lo que antes veía como seguridad en él, ahora lo sentía como un intento de dominarla, de someterla a un control que le recordaba a su madre.

Las discusiones se volvieron repetitivas y agotadoras. Él la acusaba de ser irresponsable, de no respetar las mínimas reglas del hogar. Ella lo acusaba de ser intransigente, de esperar que ella hiciera todo mientras él se limitaba a supervisar. Hasta que un día, simplemente, dejaron de discutir.

Gabriel “se rindió”. En lugar de insistir, empezó a retirarse poco a poco, a dejar que Laura hiciera las cosas a su manera, mientras él se refugiaba en su despacho o en sus paseos en solitario. Pero en esa retirada, lejos de encontrar paz, se fue sintiendo cada vez más aislado. Veía en Laura la indiferencia de su propia madre, la sensación de ser ignorado, de que sus necesidades emocionales no eran vistas. Al mismo tiempo, sin darse cuenta, replicaba el papel de su padre, dejando que su esposa tomara el control del hogar mientras él se convertía en un espectador distante.

Laura, en cambio, sentía que Gabriel había desaparecido emocionalmente. Su silencio y su frialdad la hacían sentirse abandonada, víctima de un esposo patriarcal que se limitaba a observar sin involucrarse. Cuanto más distante se volvía él, más se descuidaba ella, más dejaba cosas fuera de lugar, como si, inconscientemente, quisiera provocarlo para que volviera a reaccionar. Pero él no reaccionaba, solo se apartaba más.

La distancia entre ellos se hizo casi invisible, un abismo que creció sin grandes explosiones, sin gritos, sin crisis dramáticas. Solo una rutina en la que ambos se sentían víctimas del otro sin ver que, en realidad, estaban atrapados en un reflejo de sus propios conflictos no resueltos. Gabriel seguía resentido con una madre que lo había asfixiado y un padre que se había retirado. Laura seguía peleando contra la ausencia de su padre y el caos impuesto por su madre.

Y así, sin darse cuenta, ambos habían convertido su matrimonio en un eco de sus infancias, repitiendo la misma historia en la que habían creído escapar.

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