
Imagina a alguien que aparentemente lo tiene todo. Éxito profesional, familia, estabilidad económica… pero algo falta. Esa era la situación de Ms. N., una líder cívica reconocida que, pese a su éxito, sentía un nudo constante de ansiedad en el estómago y un vacío que no lograba explicar. Fue ese malestar el que la llevó a buscar ayuda en el diván de un psicoanalista.
En su día a día, Ms. N. era una experta en ordenar la vida de los demás, organizando agendas, proyectos y compromisos, pero cuando se trataba de su propio mundo interno, todo parecía desmoronarse en una serie de piezas desconectadas. «Es como si estuviera rodeada de personas y actividades, pero sigo sintiéndome… sola. Vacía», confesó durante las primeras sesiones.
El Vacío que no Podía Ser Nombrado
El comienzo del análisis con Ms. N. parecía prometedor. Se trabajaron sus formas de mantener a las personas a distancia, lo que ella atribuía a su crianza estricta y su obsesión por el control. Sin embargo, después de un tiempo, algo extraño comenzó a surgir: sus sesiones estaban llenas de palabras, pero faltaba vida en ellas.
La analista notó que Ms. N. hablaba con precisión y detalle sobre eventos cotidianos, pero nunca sobre cómo se sentía realmente. Este «hablar sin decir» creaba una sensación de parálisis en la sala. Incluso la analista, acostumbrada a largas horas de introspección con sus pacientes, se encontró mirando el reloj más de lo habitual, contando los minutos hasta el final de las sesiones.
Las Manos en el Pulso de la Vida
La experiencia de la analista durante esas horas se volvió clave. Notó que, sin darse cuenta, comenzaba a tomar su propio pulso repetidamente, como si buscara asegurarse de que seguía viva. Este gesto le reveló algo crucial: el vacío de Ms. N. no era solo suyo, sino que también estaba «contagiando» la dinámica del análisis. Ese vacío, que ambas compartían sin hablarlo, necesitaba ser abordado.
Un día, la analista reunió el coraje para decir lo que pensaba: «Siento que cuando me cuenta estas historias, me está dando fragmentos de su vida, como si esperara que yo los conecte por usted». Ms. N. se quedó en silencio. Después de unos segundos, admitió que era cierto. «Me siento incapaz de crear algo propio. En casa, mi vida se basa en lo que hacen mis hijos, mi esposo, incluso mi empleada doméstica. Yo… no sé cómo construir algo mío».
El Renacimiento del Sentimiento
Con el tiempo, Ms. N. compartió un sueño que resultó ser un punto de inflexión. En el sueño, ella se encontraba dentro de un gabinete de cocina que no era suyo, encajonada como si hubiera sido vertida en su interior. Este extraño relato resonó con su vida emocional: una existencia ajustada a moldes externos, pero sin espacio propio.
A través de estas imágenes y conversaciones, Ms. N. comenzó a explorar sus miedos más profundos: su incapacidad para sentir emociones genuinas. Confesó su temor de no poder llorar, ni siquiera por la muerte de sus hijos, y cómo esto la hacía sentir como «una madre fallida». Sin embargo, al expresar estas verdades dolorosas, algo cambió. El vacío empezó a llenarse, no con soluciones rápidas, sino con una conexión auténtica con su propia experiencia.
La Lección del Diván
La historia de Ms. N. ilustra algo fundamental sobre la psicología: a veces, lo que más necesitamos no son respuestas inmediatas, sino un espacio para reconocer y dar forma a lo que sentimos. Su proceso no fue lineal ni sencillo, pero le permitió transformar un vacío paralizante en una narrativa más rica y humana.
Como dice Thomas Ogden, el trabajo en la consulta no consiste solo en resolver problemas, sino en aprender a estar vivos de una manera más completa. Para Ms. N., esto significó descubrir que detrás de su éxito y su vacío había una mujer esperando encontrar su propia voz y forma en el mundo.
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Ogden, T. H. (1997). Reverie and Interpretation: Sensing Something Human. London: Karnac Books

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