Amor neoliberal

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«Amor, amor, que está herido,  
herido,
de amor huido.» Federico García Lorca

En la vorágine de la vida moderna, el concepto del amor se ha visto tamizado por la mercantilización de las relaciones. Las aplicaciones de citas han facilitado un enfoque de «compra rápida», donde las personas se convierten en bienes intercambiables, evaluados por su atractivo físico y estadísticas personales como si fueran productos en un catálogo.

Esta tendencia peligrosa reduce el amor a una transacción más, un bien de consumo desechable. Como bien explica la terapeuta Esther Perel, el deseo se alimenta del misterio, de lo que no conocemos del otro. Reducir al ser amado a un conjunto de datos es matar el misterio y la aventura del verdadero amor.

Sin embargo, el amor verdadero trasciende esta visión limitada del consumismo. Es un viaje de descubrimiento mutuo, una danza de crecimiento compartido donde dos almas se entrelazan, se desafían y evolucionan juntas. No es un bien estático que se adquiere y se desecha, sino un proceso orgánico y fluido que nos transforma a medida que avanzamos.

En vez de buscar la pareja «perfecta» que encaje en nuestro molde ideal, el reto está en atrevernos a explorar lo desconocido. Como dice Terrence Real, el amor maduro nos pide iniciar día a día ese compromiso con la persona que tenemos enfrente, aceptando que siempre habrá zonas inexploradas por descubrir.

El amor auténtico requiere vulnerabilidad, paciencia y un deseo sincero de conocer al otro en toda su complejidad. Implica abrazar las imperfecciones, celebrar las diferencias y co-crear un espacio seguro donde ambas partes puedan experimentar, crecer y reinventarse continuamente. El anhelo del corazón humano no es consumir una identidad fija, sino crear entre ambos un espacio vivo donde poder seguir creciendo y transformándose. Ni tú ni tu pareja sois productos terminados, sino obras de arte en continuo proceso de reinvención. El hombre y la mujer, tal y como decía, Freire son un animal abierto al devenir, a la transformación en el tiempo. Y por paradójico que sea el cambio es lo constante.

En lugar de tratar al otro como un objeto de consumo, el amor verdadero nos invita a entablar un diálogo constante, a negociar nuestras necesidades y deseos, a adaptarnos y evolucionar juntos. Mejorar la comunicación es la clave. En lugar de caer en la trampa de querer «tener» al otro, de cambiarlo, un amor pleno invita a caminar juntos, descubriendo nuevos horizontes. No es encerrarse en la zona de confort, sino atreverse a desafiarse, a dejar que el otro nos saque de nuestras certezas y nos empuje a expandirnos.

Así, en un mundo impulsado por el consumismo, debemos resistir la tentación de tratar el amor como una mercancía más. Debemos abrazarlo como un viaje transformador, una página en blanco donde crear una narrativa única e interminable de autodescubrimiento, crecimiento y trascendencia.

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